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POR CARMELO RIVERO >

Venezuela

   

Mi madrina, Virginia, adora a Venezuela (que celebra 200 años de independencia), y el recuerdo infantil que guardo de ella, vecinos puerta con puerta en la calle San Sebastián, es su nostalgia y acento venezolanos. No aceptaba la idea de no volver a la patria adoptiva. Crecí oyendo hablar de Venezuela como un lugar predestinado para los canarios. Y fui con los ojos cerrados cuando Paco Padrón me propuso rastrear la huella del emigrante. Hice un experimento, nada más aterrizar. Me encaminé hacia la Plaza Bolívar (autor del decreto de guerra a muerte: ‘Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes…’) y, entre balaustres, empuñando el micrófono, como proponía Gómez de la Serna en la Puerta del Sol, pregunté a todo el que pasaba: “¿Es usted oriundo de Canarias?” El trabajo de campo me retuvo mes y medio en Caracas, en el domicilio del entonces analista de mercado de la Embajada española, José Manuel Soria, hace treinta años, aún lejos de estrenarse en política. Regresé a menudo a la república feraz que el periodista Pancho García tenía siempre en la punta de la lengua. La palabra Venezuela suena hermosa y allegada. A Sergio Reyes le inspiraba seminarios colombinos; a Mari Luz y Quico Gutiérrez, programas de radio; a Manolo Pérez, una suite, y a Antonio Camacho, novelas inéditas.

El historiador Julio Hernández me hablaba de la atmósfera de Venezuela que flotaba en la biblioteca personal de Uslar Pietri, hasta que visité ese país dichoso de libros la tarde que el escritor me recibió en su casa de La Florida. Ser americanista era lo más natural entre nosotros, una logia. Mercado Coche era reflejo del canarypower agrícola, y el barrio caraqueño de Candelaria, un nido de isleños, donde vivió el herreño Juan Francisco de León, que se sublevó en el siglo XVIII contra el monopolio de la compañía Guipuzcoana -germen de la independencia-. Impresiona la estela del pariente Andrés Bello y la de Bolívar, el guanche, como decía Rafael Caldera, un Bolívar con luces y sombras, que hablaba con “la cadencia y la dicción de las Islas Canarias” (García Márquez, en El general en su laberinto). “¡Qué grande era Miranda!”, me comenta Efraín Medina, en presencia del cónsul, David Nieves. Conmueve aquel hijo de canarios, que vivió entre guerras legendarias (la independencia de los EE.UU., la revolución francesa y la emancipación de Hispanoamérica). Enfermo, secreto de Estado, Hugo Chávez voló el otro día de la Habana a Maiquetía, para no perderse este bicentenario con trinos de canarios y turpiales.