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avisos políticos > por Juan Hernández Bravo de Laguna

Vicios privados, virtudes públicas

   

Cualquier político anglosajón que se hubiera visto envuelto en los presuntos hechos con los que se ha relacionado al presidente del Cabildo Insular de La Gomera hubiese arruinado sin remisión su carrera política. Y de vez en cuando los medios nos transmiten ejemplos elocuentes, la mayoría de la otra orilla del Atlántico. La cultura anglosajona no distingue entre la vida pública y la vida privada de los políticos, y la conducta inapropiada en el segundo ámbito se supone presupuesto de una conducta también inapropiada en el primero. En resumen, un político solo es confiable si su comportamiento es intachable en todas las circunstancias. Al mismo tiempo, el concepto anglosajón de conducta apropiada y de comportamiento intachable implica límites muy estrechos en temas de sexo y alcohol, y no digamos de respeto a los agentes de la autoridad y sometimiento a las leyes.
Estas características alcanzan su máxima expresión y llegan al paroxismo en los Estados Unidos, en donde reflejan sus orígenes sociales y culturales. No en vano sus primeros colonos eran protestantes puritanos. Es decir, eran portadores de lo que Max Weber llamó la moral protestante del trabajo y, además, de una versión especialmente austera de esa moral, con una muy intensa dimensión familiar. Los norteamericanos no conciben que un político pretenda dirigir los asuntos públicos si no dirige correctamente sus asuntos privados. Y tal cosa incluye la exigencia de una perfecta integración social, una vida profesional de éxito, y una familia estructurada y unida. El político estadounidense lleva siempre a su lado a una esposa -o un marido- y a unos hijos sonrientes y encantados de haberle conocido. Y hasta cuando tiene que disculparse y anunciar su retirada de la política por haber infligido este rígido código ético -y estético-, lo hace con la familia a su alrededor. En la Europa continental -en España- las cosas son muy diferentes. Aquí partimos de una tajante separación entre la vida privada y la vida pública. Se supone que la primera concierne tan solo al interesado y, en su caso, a su familia más próxima; y que, en cualquier circunstancia, los posibles vicios privados no influyen para nada en las necesarias virtudes públicas. Es una idea que ha expresado muy bien Jerónimo Saavedra cuando ha manifestado recientemente que el uso de la prostitución no tiene relevancia política. El ejemplo europeo más representativo sería quizás Berlusconi. El problema surge cuando se traspasan los límites de la legalidad; cuando la prostitución incluye menores; cuando se cae en la pederastia o en la agresión sexual. El propio Berlusconi ha sido acusado de relaciones con menores, y el antiguo presidente del Fondo Monetario Internacional fue detenido en Nueva York no por recurrir a la prostitución, sino por cargos de intento de violación y otros similares. En cuanto a la familia, un caso como el de Pérez Rubalcaba, cuya esposa, Pilar Goya, es desconocida por el gran público y su fotografía se ha publicado casi por primera vez con motivo del nombramiento de su marido como candidato electoral, sería impensable en los Estados Unidos. Un candidato presidencial norteamericano sin una encantadora, sonriente y mediática esposa a su lado no tendría la menor posibilidad. Por lo que se refiere a la verdad y a la mentira en los políticos, las éticas -y las estéticas- de los anglosajones y de los europeos continentales tienden a acercarse: un político sorprendido en una mentira se vería compelido al retiro inmediato. La excepción, como tantas otras veces, estaría en España, en donde nuestra cultura picaresca nos inclina a una mayor tolerancia social del engaño.
En los presuntos hechos que comentamos el problema ha radicado en el supuesto enfrentamiento de un representante de los ciudadanos con unos agentes de la autoridad, un supuesto enfrentamiento que legitimó su detención, porque la inmunidad parlamentaria la permite en los casos de flagrante delito. En una situación diferente, es probable que el Partido Socialista hubiese reaccionado de manera también diferente; pero las encuestas electorales le son muy desfavorables y los socialistas no se pueden permitir que un asunto como éste les arruine, por ejemplo, el filón de los trajes de Camps. Por eso, ante el estruendoso silencio de los dirigentes del socialismo canario, Elena Valenciano, coordinadora de las campañas de Pérez Rubalcaba y socialista, se adelantó a exigir su dimisión, y le siguieron en el mismo sentido José Blanco y Bono. Una dimisión que finalmente se ha consumado en cuanto al Senado. El ya exsenador ha argumentado que ha accedido a dimitir para favorecer su defensa en juicio y no porque reconozca ninguna culpabilidad en lo sucedido. Sin embargo, no resulta muy halagador para la isla colombina, para sus habitantes y para los gomeros, en general, que quien no puede ser senador de la isla sí pueda ser presidente de su Cabildo Insular.
Lo relativo a la supuesta prostitución implicada es un tema distinto. Al margen de la opinión ética o moral que a cada uno le suscite, y al margen de las repercusiones familiares de su uso, en este país la prostitución es perfectamente legal y el local de alterne citado cuenta, al parecer, con todos los permisos necesarios, además de abonar puntualmente sus tasas y sus impuestos. No obstante, es una cuestión que genera debate y muy incómoda para el sector feminista del partido y del Gobierno, cuya Secretaria de Estado de Igualdad, por citar un caso, no ha dicho una palabra al respecto. La página web del local de alterne concernido ofrece anonimato y discreción como uno de sus reclamos. Es lo que se supone que buscan sus usuarios, máxime si son políticos. Porque la experiencia demuestra que eso tan español del “usted no sabe con quién está hablando” nunca termina bien. Y que, al final, el que no sabe con quién está hablando es el interesado.
La película Vicios privados, virtudes públicas, del húngaro Miklós Jancsó, nominada a la Palma de Oro al Mejor Director en el Festival de Cannes de 1976, construye una escabrosa ficción dramática, ajena al rigor histórico, de los últimos años del Imperio Austrohúngaro, y de la vida y la muerte del heredero Rodolfo de Habsburgo y de su amante María Vetsera. A modo de denuncia social, pone su acento en las supuestas depravaciones de los Habsburgo y sus repercusiones en su vida pública. El problema está en que las ficciones escabrosas pueden llegar a convertirse en realidad.