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OPINIÓN > POR ROSA ELENA PÉREZ

A don Victorio Fidel Díaz Marrero

   

Cuando las actuaciones de alguien redundan en el bien común, sucede algo fantástico: lo imposible se hace posible, las cosas surgen de manera espontánea y fluida. Así fue como todos los padres de los alumnos de 2º B del CEIP Lope de Guerra celebraron la despedida y jubilación del querido maestro de sus hijos.

No hubo ninguna duda ante el comentario: “A don Victorio hay que hacerle algo”, pues todos coincidíamos en cómo podíamos agradecerle su bonhomía, su buen hacer, a este maestro con mayúsculas. Los padres esperábamos y los niños, no saben con qué ilusión, la hora de la esperada cita y hablábamos de cómo guardaban entre ellos el secreto a voces de la despedida a don Victorio, personaje donde los haya; en el que los niños nos mostraron una vez más el amor por esa suerte de mencey al que nombran diariamente en casa ante las situaciones más variopintas con su consabido “don Victorio dice…” Pues es don Victorio un maestro que enseña, un maestro en sentido lato: el que lleva el aula a la vida y la vida al aula, el que domina las competencias básicas antes de que les pusiesen nombre, el que cuenta tan bien las cosas que consigue la atención y la motivación de todos sus alumnos y el que hace que quieran ir a clase a escucharlo y a emularlo contando ellos sus descubrimientos y vivencias. Un padre dijo que su hija decía que Granadilla es el sitio donde nacen los maestros.

Me pareció una metáfora de una belleza insuperable; otra madre dijo que su hijo se había convertido en un niño ávido de conocimiento y de que estaba convencido de que nadie sabía más que su maestro; una abuela contaba cómo su nieto tenía que llevar el barro de su bisabuela (que es artesana del barro) para hacer un gánigo con don Victorio y todos conocíamos la consabida frase : “Don Victorio dice…” Tras el ágape, unos cuantos niños se quedaron en casa y en una conversación se establecieron dos bandos en el que los “de Victorio” al unísono argumentaron que “don Victorio no se equivoca”.

Me llamó la atención cómo la inocencia y el amor hacia el maestro eran idénticos en todos, aunque tuviesen caracteres harto diferentes. Creo que todo lo que somos y tenemos viene de fuera, del paisaje y del paisanaje, como diría Unamuno; por lo que insisto en lo importante que es dar las gracias a las personas que nos han enseñado, que han sido nuestros maestros. Nunca se las podré dar de forma suficiente a mis maestros incondicionales: mis padres, mis abuelos, mis hermanos, mis hijos, mi marido, a mis incesantes lecturas…

Así que este ejercicio literario que hoy me ocupa trata del elogio a las cosas buenas y a las personas buenas que nos acompañan o solo rozan por momentos nuestras vidas. Una de esas personas es don Victorio Fidel Díaz Marrero, el maestro de mi hija, a quien queremos rendir homenaje: a un maestro al que queremos y respetamos los padres y alumnos que ya lo fueron. Don Victorio, me atrevo ahora a gritar: “¡ Agoñe Yacorón Yñatzahaña Chacoñamet!”, porque ante los niños y ante nosotros a través de muchos días se ha hecho grande.

Le dedicamos este humilde y osado Canto al maestro que publicamos en Diario de Avisos, la prensa que lee y compra religiosamente, porque sabemos de sus costumbres como si fuese de la familia de todos sus alumnos, quienes, al enterarse de que visitó al médico, querían ir a verlo o decían que no podía estar malo porque se cuida. Siempre está bien y además va a llegar a los 100 años; por ser como es le deseamos una pronta recuperación y que podamos reunirnos para celebrar su centenario.