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LA COLUMNA > POR MANUEL IGLESIAS

Agricultores galos y jóvenes británicos

   

Los sucesos de Londres han acaparado los titulares en esta semana que ha concluido en abierta competencia con los que generaban los vaivenes financieros y la Bolsa, y ambos han ocultado otras noticias que, en distintas circunstancia, seguro que estarían en un lugar destacado.
Es el caso de los asaltos de los agricultores franceses a los camioneros que transportan productos agrarios españoles, con la imagen impactante de su violencia que es contemplada por un grupo de gendarmes galos, que exhibían una indiferencia dolosa ante un delito que se desarrollaba ante sus ojos.
No se puede evitar el que, aunque sea en países diferentes, se establezca una conexión entre lo que pasó en Londres y otras ciudades británicas y lo que está ocurriendo en las carreteras de Francia. Desde cierta perspectiva, ¿cómo podemos condenar la violencia de los hijos en el Reino Unido -y que también en ocasiones ha sucedido en París y otras localidades galas- cuando una policía tolera el vandalismo que ejercitan los padres? Ahí hay un mensaje.
Recogemos aquello que hemos sembrado y si se acepta la violencia de los sindicatos franceses, es lógico esperar que la cosecha que se recoge es el mensaje subliminal de ¿y por qué yo no puedo hacer lo mismo, si a los vándalos galos no les pasa nada, pese a que cometen sus delitos a la luz del día, en autopistas transitadas y ante la mirada impasible de las fuerzas que se supone que son para hacer guardar el orden?
Es una reflexión, pero no un argumento para dar amparo a lo sucedido en Gran Bretaña. Uno de los aspectos más irritantes que hemos podido ver en España es como se buscaban excusas la violencia en las calles por medio de apelar a una especie de derecho de sus autores que vendría sobrevenido por la circunstancias personales que se se supone que los han afectado por políticas de restricción del gasto. Seguramente muchas de las personas que han protagonizado los hechos se encuentren en tales circunstancias, pero intelectualmente no se puede aceptar en una sociedad sana que ello de razón al apedrear y quemar la casa de un vecino o asaltar y saquear un comercio que era el medio de subsistencia de alguien. No se puede vivir en una sociedad que plantea una especie de nebulosa moral en la que -quizás- está mal matar, pero que de ahí para abajo se puede hacer de todo si uno está en determinadas circunstancias, propias o colectivas.
El primer ministro británico, David Cameron, ha dicho que lo sucedido demuestra que una parte de la sociedad está enferma. En realidad, se diría que somos nosotros mismos la que la estamos enfermando. Quizás, cada vez que jugamos a buscar una justificación externa para amparar la violencia, sean las acciones de los sindicatos de agricultores franceses o de los jóvenes violentos en Londres, sin lástima de la víctima, sino del agresor, es una nueva dosis de ingrediente tóxico que nos estamos dando.