X
FAUNA URBANA > POR LUIS ALEMANY

Aguas mayores y menores

   

No deja de resultar curioso que, después de haber vertido tantos litros de tinta periódica acerca de la mayor o menor conveniencia ciudadana de la aplicación estricta de la controvertida Ley de Costas, pueda sorprender todavía a alguien la inundación del barrio chicharrero de San Andrés, cuya estructura urbana infringe todo lo infringible a tal respecto; de tal manera que lo que debería resultar sorprendente -de verdad- es que tal localidad marinera de esta capital insular no se encuentre anegada (a poco que la mar arrecie ligeramente) un día sí y otro también, desde el momento en que su trazado urbano convierte en gravemente vulnerables a las olas marítimas las tres o cuatro primeras calles de su trazado, que deberían haberse derribado sin apelación, si nos atuviéramos strictu sensu a la legislación que determina prohibir la construcción de edificaciones a menos de cien metros de la marea más alta, la cual allí -por lo común- suele mojar todas las semanas la fachada del bar en el que uno toma el aperitivo con frecuencia. Parece evidente que la estricta resolución de tal problemática urbanística resultaría sumamente compleja, desde el momento en que nos obligaría a enfrentarnos a la contemplación de unos inveterados derechos adquiridos, de muy difícil resolución largamente retroactiva: una complejidad que (sería excesivamente frívolo soslayarlo) afecta a la inmensa mayoría del litoral tinerfeño, y posiblemente a una gran parte del archipiélago; de tal manera que resulta grotesco estar cogiendo con meticuloso burocrático papel de fumar la pintoresca singularidad arquitectónica del señero caso del Hotel Médano (que, digan lo que digan, no molesta a nadie), cuando se encuentran implicados en tal controvertida problemática kilómetros y kilómetros de significativas edificaciones insulares, desde la Playa de la Viuda en Arafo y Güímar, hasta Mesa del Mar en Tacoronte, sin olvidar la totalidad del paseo de Colón en el Puerto de la Cruz: sin salir de esta capital, estaríamos obligados a enfrentarnos con propiedades privadas y públicas, como el Club Náutico y -¿tal vez?- el caprichoso juguete del Auditorio de Calatrava.
Se ha escrito largamente acerca de la plural significación que las aguas han ejercido sobre las islas de este archipiélago, trayendo beneficios y calamidades, y llevándose riquezas y miserias; de tal manera que no deja de resultar curiosamente significativa la actitud que cada una de las islas ha adoptado ante la obligada presencia del mar: abriéndose a él, como Santa Cruz de Tenerife, desde su centro comercial de la plaza de Candelaria, o desdeñándolo, como Las Palmas de Gran Canaria, en cuya plaza de Santa Ana la catedral se encara con el Ayuntamiento dándole la espalda a las olas: en cualquiera de los casos (ya sea como bendición o como servidumbre: quizá como ambas cosas) tal vez las islas no sean otra cosa que una consecuencia accidental del mar, y a su influencia -buena o mala- deben remitirse-.