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MIRÁNDONOS > POR MARÍA MONTERO

Como ave Fénix

   

Podríamos imaginar que al abrir los ojos en un amanecer cualquiera despertáramos en una nueva vida recomenzando en instantes, pero con la conciencia de todo lo vivido, con una mochila ligera y un libro escrito de experiencia y muchísimas páginas en blanco a punto de desvelarse…

Y es a este libro, a las secuencias vividas, al que quiero hacer especial mención. Si configurásemos nuestra vida presente en conexión con la memoria de quienes somos, este aparentemente sencillo ejercicio nos llevaría a la simplicidad de la vida en estado puro y a la complejidad de nuestras emociones en estado puro. Somos emociones en estado potencial si hablásemos de emergente futuro y maestros de emociones si ya retozamos en su jardín con toda la variedad que albergamos, y el recuerdo y el potencial, aún inexpresado, cohesionan y tiñen de esencias vivas el expreso presente.

Si tuviéramos que escoger aquí y ahora del jardín de las emociones cuáles nos congestionan más que otras, ¿cuál de ellas se llevaría nuestra actual atención? La tristeza, el duelo, el abandono, el miedo… La alegría, la paz, la compasión, el coraje… ¿Es la ausencia de ciertas emociones, su anhelo o su interminable cansancio, la que nos acompaña? ¿Y qué sucede cuando compartimos nuestras emociones con las emociones de los otros? ¿Sabemos gestionar la energía que nos proporcionan ciertas emociones o toda clase de emociones o vivimos continuamente esclavizados por resistencias a reconocernos tal y como somos, tal y como son los demás?

Y, por otra parte, negar las emociones supondría la desaparición de la esencialidad de su valor, la calidad y la cualidad humanas. Con frecuencia aludimos al niño interior y lo miramos con un interrogante creyendo que nos puede contestar a muchas de estas cuestiones. Honestamente, creo que podría ser así. La mirada del niño interior, ineludiblemente, nos llevaría a mirar a nuestros ancestros, y encontraríamos emociones concatenadas a las nuestras, sabiamente y durante generaciones.

La respuesta que buscamos se encuentra en un manual de un gran árbol generacional, del que somos parte, y por tanto, estamos identificados con la vida de ese árbol. Los acontecimientos que vivimos, nuestras emociones, no son elementos aislados, sino que forman parte de un magnífico aprendizaje. De nosotros depende cómo elegimos vivirlo. En nuestra sociedad actual, además de la impronta familiar, estamos asistiendo a cambios continuos y rápidos, pero en coherencia y consonancia con ciclos vitales. Aunque a veces nos pueda resultar un tanto complicado tratar de entender la secuencialidad de los que vivimos y, como humanos, necesitemos la comprensión para no repetir lecciones, y así poder liberar a nuestros hijos que ya forman parte del gran árbol. Las generaciones del futuro ya observan nuestras emociones y, sin duda, aprenderán de ellas.

Todos tenemos la capacidad de conciliarnos con nuestras emociones, y ser como ave Fénix que renace de su propio fuego vital. Si tuviera que enlazar el ritmo de lo escrito con la mediación familiar y social, crearía un puente de cohesión con el mediador de cada uno de nosotros y las generaciones de nuestros hijos, sostenidas por nuestro árbol ancestral. Cada ser humano es mediador en alguna medida, puentes humanos entre humanos, manos entrelazadas conectando mundos de emociones. El ave Fénix puede mirar sus emociones sin miedo, pues conoce que es paso previo para el renacimiento; sin fuego no hay cambio, sin quemar el dolor no hay liberación de opuestos y éste resurge libre hacia una nueva página en blanco de su propio libro…