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a contracorriente > por Enrique Arias Vega

El malestar

   

Antes del tripe asesinato de Birmingham, ya me lo había advertido una hija mía que trabaja en Londres: “Los más perjudicados por estas algaradas son los pobres paquistaníes que han invertido el trabajo de toda su vida en los comercios saqueados”. Los motines de estos días no son, pues, consecuencia de revueltas raciales o sociales, sino el desahogo de gentes marginales que ni tienen empleo ni lo buscan, ya que prefieren vivir parasitariamente de la asistencia social sin contraprestación alguna. Son, como dice David Cameron, el síntoma de una grave enfermedad colectiva. Hace veinte años, cuando los disturbios raciales de Los Ángeles, ya lo señaló el líder demócrata afroamericano Jesse Jackson: “No hay que acostumbrarse a vivir al margen del sistema, sino a integrarse y a progresar en él”. Lo cierto es que en Gran Bretaña y otros países europeos la independencia de sus colonias produjo hace medio siglo las primeras avalanchas de inmigrantes con derecho a la ciudadanía. Desde entonces, el fenómeno no ha hecho más que aumentar, a la par que la mala conciencia occidental por las tropelías cometidas con los “condenados de la tierra”, que decía Frantz Fanon. La ayuda económica a individuos y a grupos que perpetúan así su marginalidad ni les sirve a ellos ni protege a la sociedad de sus desmanes. Les perjudica, al acostumbrarlos a vivir sin estímulos, y daña a los auténticos necesitados (pensionistas, parados, discapacitados…) que ven cómo disminuyen sus prestaciones a medida que crece la voracidad de los que aprovechan el sistema.