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AYER Y HOY DE LIBIA > VIVENCIAS, HACE 40 AÑOS, DE UN MÉDICO TINERFEÑO

El misterio del café Aurora

   

Istituto Nazionale Fascista de la Presidencia Social. 1939. / C. R. M.

CÉSAR RODRÍGUEZ MAFFIOTTE | Santa Cruz de Tenerife

Mi primera estancia en Trípoli duró mucho más tiempo del que yo esperaba. Pensé que el asunto que allí me había llevado se resolvería en pocos días, pero no fue así. El motivo de esta demora fue sencillo e inesperado. El director general del Istituto Nazionale della Assicurazione Sociale, con quien me debía entrevistar, estaba en Londres. Se había ido un día antes de llegar yo y nadie sabía cuándo volvía. Esto trajo como consecuencia el que me tuviera que quedar por tiempo indefinido en la ciudad. ¡Menos mal que mi amigo Miguel Ángel me abrió su casa sin condiciones y me pude hospedar con ellos casi un mes, que fue lo que tardó el director en volver! Hay favores que no se pagan en la vida y este es uno de ellos.

En ese tiempo me dediqué a callejear por Trípoli, aunque no puedo decir que la conozca bien. En ella llama la atención en primer lugar el Castillo Español o Castillo Rojo. Es una construcción del Siglo XVI muy cerca del puerto, levantada sobre otro edificio anterior por los españoles que desde 1510 hasta 1523 ocuparon la ciudad tras arrebatársela a los turcos. Se dice allí que Hernán Cortés participó en esta conquista antes de marchar a México. Esta anécdota no la he podido confirmar nunca. Desde aquel año hasta 1534 perteneció a los Caballeros de la Orden de San Juan, y desde entonces fue turca. Hasta 1911, fecha en la que fue conquistada por Italia.

El centro de Trípoli era en aquella época netamente italiano. Pasear por sus galerías cubiertas, que confluyen en amplios espacios porticados, lleva nuestra imaginación al mismo tipo de arquitectura que podemos encontrar en Turín o en Milán. Tras pasear sin rumbo mientras contemplaba la multitud de pequeñas tiendas y talleres que conforman la parte vieja de la ciudad, entre los martillazos de los orfebres que fabrican platos, jarras y tazas de metal dorado, sonando entre las paredes de las estrechas callejuelas las más diversas melodías musicales teñidas de esas cadencias que caracterizan la música árabe y que a veces tanto recuerda a la andaluza, desemboqué, sin saber bien dónde estaba, en una preciosa y amplia plaza, flanqueada por grandes y bellos edificios que a todas luces eran de la época colonial.

De frente a la calle por la que llegué a aquella plaza se erigía la Catedral de Trípoli, magnífico edificio, creo que de estilo gótico tardío, con un esbelto y alto campanario. A uno de los lados de la plaza estaban, en aquel entonces, las oficinas de la empresa automovilística FIAT, y enfrente se alzaba majestuoso el magnífico edificio de Correos, al que se accedía por unos escalones entre columnas. A mi derecha, y dando frente a la Catedral, estaba la edificación más espectacular. Una fachada con tres estrechos y altísimos arcos, flanqueada en sus dos lados por torres ladeadas en relación con el resto. Por los arcos se accedía a un patio amplio abierto al exterior, pero cubierto por un techo acristalado en parte, situado a gran altura. En su centro, una fuente cuadrada completaba el cuadro.

El punto de reunión había sido antes el Istituto Nazionale Fascista de la Previdenzia

El conjunto era impresionante por su majestuosidad. Allí estaba el café Aurora. Más adelante me enteré de aquella magnífica construcción había sido en tiempo colonial el Istituto Nazionale Fascista della Previdenzia Sociale. Años más tarde desapareció la palabra fascista del letrero. Pero ahora era el café Aurora, y a mí con eso me bastaba. Me senté en una de sus mesas y pedí un café. Ahora le doy a “pausa” y detengo la historia.

Me encuentro a mediodía con Miguel Ángel y, mientras almorzamos, me pregunta qué he hecho durante la mañana. Le cuento mis paseos por Trípoli y resalto la impresión que me había llevado al ver la catedral, el café y los demás edificios. “Ah sí”, me dice. “La plaza Argelia es preciosa. Esta tarde volvemos al café”.

Me gustó la idea de volver, y así lo hicimos. Sobre las seis de la tarde ambos estábamos ya sentados en aquel gran patio o terraza y poco a poco fueron llegando más españoles hasta reunirnos unos quince. Fui conociéndolos a todos y pasamos una tarde muy agradable. Bueno, no solo una tarde, porque aquello se prolongó hasta casi la una de la madrugada, cuando el dueño del café nos pidió que nos fuéramos ya porque iba a cerrar. Me gustó aquella primera tarde en Trípoli. El ambiente entre españoles parecía bueno y el lugar de reunión muy agradable.

Al día siguiente se repitió la historia. Paseo matutino y café, muchos cafés vespertinos y nocturnos. Y así día tras día. Nadie se iba del café Aurora hasta que el dueño o un camarero nos decía que era hora de cerrar. Después de casi un mes repitiendo la historia, yo era ya amigo del patrón y de los empleados.

Hasta que llegó lo que estaba esperando: “El director general ya ha llegado y te recibe mañana”. Al día siguiente, a las nueve en punto de la mañana, estaba entrando en el edificio de la calle Istiklal que albergaba la Central de la assicurazione sociale y entrevistándome con il signore direttore de aquel vasto complejo de hospitales, ambulatorios, consultorios… en los que descansaba la Sanidad de Libia. Antes de entrar, Miguel Ángel me había advertido: “No te dejes engañar por su aspecto, tiene dos carreras, es doctor en ciencias Económicas por una Universidad inglesa y en ciencias Políticas por otra italiana, y además, tiene varios Másters de Organización Sanitaria”. Me encontré frente a un hombre de cerca de un metro noventa de estatura, de raza negra, ¡pero negra, negra! Con tres cortes en ambas mejillas que, según supe después, identificaban la tribu a la que pertenecía. Era de origen nubio y hablaba un perfecto italiano, un perfecto inglés y un no menos perfecto francés. En menos de veinte minutos estaba todo arreglado. Firmé un contrato por dos años, y la única pega era que no iba a quedarme en Trípoli. Me habían mandado a Bengasi.

Pasaron dos años y en 1966, cuando fui a disfrutar de mis primeras vacaciones, al solicitar el dinero para el pasaje de regreso, me encontré con la sorpresa de recibir solo la cantidad que correspondía al vuelo Bengasi-Madrid. Iintenté hacerles comprender que yo tenía que llegar a Canarias y que el trayecto era el doble, no hubo manera de que me comprendieran. Al final, la única solución fue ir a Trípoli para explicárselo al director general. Salí en el avión de las ocho de la mañana y a las nueve y cinco estaba de nuevo ante la puerta de la calle Istiklal, tras dos años de ausencia.

Entré en el despacho del director y le dije: “Mire detrás de usted, ¿ve ese mapa?”. Tenía colgada en la pared un Mapamundi donde se veían perfectamente las Islas Canarias. “Pues yo vivo aquí”. No tuve que decir nada más. Fue así como me encontré paseando nuevamente por las calles de Trípoli. Tenía que coger el avión de vuelta a las siete de la tarde y no tenía nada que hacer. Por supuesto, volví al café Aurora.

Me encontré a un hombre de cerca de metro noventa de raza negra, ¡pero negra, negra!

El dueño me reconoció tras unos instantes de duda, y me dijo: “Ya no vienen mucho los españoles por aquí, y eso me ha causado un perjuicio, pues consumían muchos cafés”. Yo, que ya por entonces podía sostener una conversación normal en italiano le respondí: “Es verdad, antes se pasaban aquí la tarde hasta que usted cerraba. Lo que no sé es porqué se iban siempre tan tarde”. “¿Cómo? ¿No lo sabe usted? Yo creía que era una costumbre española. Cada vez que alguno se levantaba y abandonaba la reunión todos los demás empezaban a hablar mal de él, por eso nadie se iba hasta que no lo hacían todos juntos”. Y así fue cómo se me desveló el misterio del café Aurora.