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> por Antonio Alarcó*

El ocaso de ZP

   

Todo parece indicar que José Luis Rodríguez Zapatero no va a ahorrarnos más meses de agonía que los estrictamente necesarios para cumplir con una estrategia por él trazada, y cuyo fin sólo él conoce, por lo que pasaremos (última) página del peor gobierno de la historia de la democracia el próximo 20 de noviembre. Una agonía que, sabemos, debía ser más corta. Es el hombre que dilapidó en menos de una legislatura el mayor superávit conocido jamás en nuestras cuentas públicas, que consiguió descabalgarnos del top 10 de la economía mundial para que pasáramos a jugar en una imaginaria Champions League con potencias segundonas y, en fin, el que arruinó el llamado “milagro español”, aquel que maravilló al planeta y nos permitía crear en nuestro suelo ocho de cada 10 trabajos que se generaban en la UE, conseguidos gracias a todos los españoles y al gobierno que en su día lo facilitó.

Como médico cirujano, pero también como ciudadano, no tengo duda alguna en calificar al Zapaterismo de grave patología, caracterizada por la total ausencia de factores inhibitorios en quienes la padecen, y por presentar una megalomanía desmesurada que hace que el paciente termine por creerse las visiones que solo existen en su mente, y que terminan convirtiéndose en mentiras sistemáticas. Sería un error gravísimo en el que no vamos a caer: el calificar al PSOE de la misma manera, pues nos consta la gran cantidad de personas cualificadas, preparadas y serias, carentes de esos defectos que hemos apuntado, y que han estado arrinconadas durante el tiempo en que Rodríguez Zapatero ha ocupado el puesto de secretario general y/o presidente del Gobierno, que para el caso lo mismo da. Hay que suponer que esas personas y las que puedan incorporarse a nuevos proyectos, tendrán oportunidad de demostrar que no todo el PSOE es Zapatero, y que precisamente él se representa solo a sí mismo y a un puñado de convencidos. Eso sí, tendrán que hacerlo a partir de la formación de una mayoría pujante y distinta que compondrán las urnas, que pocos dudan de que corresponderá al PP. A Mariano Rajoy. Y son, precisamente, los miembros de ese nefasto gobierno, salvo honrosas excepciones, y también el adversario de Rajoy, un Alfredo Pérez Rubalcaba que hasta ayer comulgaba con los predicados del Zapaterismo (aunque no lo votó como secretario general, y por tanto tampoco como presidente, ironías de la vida), los que dicen que al PP le alegra que la situación sea tan mala. Hay que ser mezquino para pensar que a alguien pueda satisfacerle que vuelva a haber pobreza en las calles, y haya decenas de miles de familias al borde de la exclusión social.

Es curioso que este fenómeno se presente en una sociedad moderna como la España de 2011, a la vanguardia en investigación y desarrollo, con una sanidad modelo, un sistema bancario potente, y capaz de exportar talentos a todo el mundo. Ese capital, humano y económico, da la impresión de que se estuviera rearmando ante el ocaso de ese extendido mal del Zapaterismo, que ni mucho menos ha de ser el ocaso de España. Más bien, es el comienzo. Ahí está toda una generación de jóvenes españoles que deberían estar gozando de la formación más avanzada y de las posibilidades que se abren en pleno siglo XXI, y que se encuentran con el paro y la subvención al final del camino. El desempleo juvenil en esta España de casi cinco millones de parados supera el 50%, la peor cifra de Europa.

Estamos ávidos precisamente de que alguien nos traslade otro tipo de salidas para los problemas cotidianos que aquejan a cada vecino, pero también para la gran política, la que conlleva buscar consensos, la que trae reformas de calado como las que nos vienen reclamando el Fondo Monetario Internacional o la UE, y la que genera verdadera confianza en nuestra economía. Consensos, efectivamente, como el alcanzado esta semana por los dos únicos partidos en disposición de hacerlo, PP y PSOE, para reformar nuestra Constitución e incluir el principio de estabilidad presupuestaria, transparencia de gobierno y nuevos criterios sobre el déficit y la deuda pública que los populares veníamos planteando desde hace más de un año. Se demuestra que es posible llegar a acuerdos, que en este periodo de Zapatero no han sido más debido a la terquedad del entorno de nuestro todavía presidente. O díganme ustedes si no hubiera sido mucho más fácil para todos que la crisis económica que España ha padecido, y sigue padeciendo en mayor medida que el resto de la UE, se hubiera afrontado con acuerdos de Estado ante principios lógicos, no con la sinrazón que ha planteado siempre Zapatero, que estableciera las reformas necesarias para evitar la hipoteca de varias décadas que ahora se cierne sobre nosotros. Para esta casta de políticos cuyos días afortunadamente están contados, era más fácil agotar los días retando por un lado al PP a hacer públicas nuestras alternativas a la situación, y votando en contra de esas mismas alternativas que se han hecho públicas donde deben hacerse, en el Congreso de los Diputados y en el Senado. Opciones de futuro para familias, autónomos y pymes. Es lamentable que el zapaterismo muestre sus últimos estertores en los prolegómenos de ese acuerdo histórico y que el ínclito presidente sólo cediera al clamor que en su propio partido existía cuando recibió las presiones alemanas en ese sentido. Un Zapatero dubitativo, improvisando cuatro frases en la cara de detrás del folio donde tenía escrito un nuevo no al consenso ofrecido por Mariano Rajoy. Nadie ha hablado de pócimas milagrosas, sino de nuevas ideas e imaginación. Hay otra forma de gobernar, al lado del ciudadano y no frente a él.