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La batalla contra el trastorno bipolar

   

Alejandro Hernández, que padece trastorno bipolar, durante la entrevista. | EFE

ANA SANTANA (EFE) | Santa Cruz de Tenerife

Alejandro Hernández tiene trastorno bipolar y va a impartir un seminario de psicoeducación sobre esta enfermedad mental para afectados, familiares y allegados, que sufren por igual el deterioro en la calidad de vida pero “que pueden elegir cómo luchar en esta batalla sin fin”.

El seminario se realizará en Santa Cruz de Tenerife el 6, 8 y 13 de septiembre y lleva por título De bipolar a bipolar, igual que la página en Internet y la guía práctica que ha editado Alejandro Hernández para relatar el proceso de la enfermedad “desde dentro”, según explica el autor en una entrevista.

Un relato

Alejandro Hernández fue diagnosticado de trastorno bipolar en 2003 y dos años después sufrió su última crisis, tiene una relación estable de pareja y además de la guía, ha escrito el relato En busca de Ávalon, unos logros que asume “como medallas para colgar en la autoestima”. El trastorno bipolar “es una batalla que no elegimos” pero sí se puede aprender “cómo luchar”. “Yo también voy aprendiendo, me reciclo y me pongo al día y lo que quiere transmitir a las personas que acudan al seminario es “que cuanto mejor luchemos, mejor será nuestra vida”. “Es duro, tenemos que trabajar el doble y el triple para conseguir cosas, pero se logra y hay que estar orgullosos de ello para seguir adelante”, afirma.

En el seminario espera tener un contacto directo con afectados y familias “para dar las herramientas de cómo afrontar y lidiar con esta enfermedad” a partir de una serie de conocimientos, desde los contenidos teóricos hasta las medidas prácticas para la detección precoz de una crisis y las recaídas. Señala que en las enfermedades mentales en general, y en concreto en el trastorno bipolar, las parejas, hijos y allegados del afectado sufren un deterioro en su calidad de vida tanto como el propio afectado, y precisa que por ello la psicoeducación es útil.


Estado de ánimo

En el trastorno bipolar hay cambios drásticos y patológicos del estado de ánimo de la persona que la padece, que van desde la mayor afección posible, la que obliga a dejar el trabajo y las relaciones afectivas “porque su mente no puede experimentar placer y estar feliz, y eso afecta a quien está a su lado”. En el otro extremo se encuentran las fases maníacas y eufóricas “de descontrol, gastar dinero, meterse en situaciones de riesgo, violencia y agresividad, contraer enfermedades venéreas o irse de viaje y desaparecer”, de manera que quien conviva con el afectado “tiene que llamar a la policía para encontrarlo”.

Cuando el paciente se convierte en un peligro para sí mismo o para terceras personas hay que obligar en muchos casos al ingreso hospitalario, pero a menudo el afectado, en su euforia maníaca, no se siente enfermo sino que cree que está lúcido y su mente va “a demasiadas revoluciones”.

Todos estos procesos pueden llevar a la familia a pedir a un juez el ingreso psiquiátrico no voluntario, unos momentos “muy duros para el afectado primero y segundo para sus familias”, que viven la desorientación de que nadie “les ha explicado cómo reaccionar, qué deben hacer y cómo afrontarlo desde el punto de vista de la psicoeducación”. La psicoeducación no es compleja “en sí”, pero es difícil que los afectados y las familias asuman que pueden reaccionar ante un momento crítico o una crisis.

Conductas

“No es una cuestión teórica sino educacional, de crear nuevas conductas en las personas a partir de un proceso educativo para que las familias y los afectados tengan las formas de actuar y pensar adecuadas para intentar que las crisis no se produzcan y si se producen, que sean lo menos grave posible para sobrellevarlas”, precisa.

El trabajo educativo es más difícil en personas que llevan muchos padeciendo el trastorno bipolar que en los recientemente diagnosticados. Las personas “que llevan décadas con la enfermedad” saben cómo son sus crisis y qué errores cometen y podrían romper las pautas de conducta “y cambiar el chip”, pero esto les resulta más complicado que a alguien a quien se le acaba de manifestar la enfermedad, que suele ser “más receptivo y actúa en consecuencia”, detalla.