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análisis > por Amós García Rojas*

La globalización y la salud, desde la riqueza hacia la miseria

   

Es un hecho evidente que el debate sanitario en los países desarrollados se centra fundamentalmente en los procesos reparadores del daño, como eje angular de las intervenciones.
La prevalencia de lo asistencial en la cultura política sanitaria está claramente influida por la necesidad de dar inmediatez en la respuesta a esos daños, lo que a su vez dificulta una visión global de los problemas de salud.

Así, se curan las enfermedades pero se hace poco para evitarlas. Y son precisamente las estrategias de salud pública las que realmente contribuyen a mejorar el perfil de salud de las poblaciones.

Además, en estos países las auténticas crisis sanitarias derivan, no de la existencia de listas de espera, sino que más bien son el resultado del miedo y la angustia de amplios sectores de la población ante determinados problemas grupales.

Podemos afirmar que la importancia de las estrategias de salud pública no se visualiza en lo cotidiano, pero es evidente que se pone de manifiesto en las situaciones extremas. De ahí que solamos escuchar que incentivar en salud pública no ayuda a ganar elecciones, frente a lo cual y de manera educada debemos contestar que, sin embargo, no hacerlo puede ayudar a perderlas. A su vez, el abordaje de estas crisis y la percepción que de ellas podamos tener van a depender mucho del nivel de desarrollo del país en que nos encontremos. Últimamente hemos sido testigos de dos dramas sanitarios, que de forma lamentable han tenido un desigual trato en nuestro medio: uno, en países ricos y desarrollados, el brote de E.Coli 0104:H04, y otro, en países pobres en vías de desarrollo, el brote de cólera en Haití con ramificaciones en la República Dominicana, junto al riesgo claro de aparición de otro brote de esta enfermedad en Somalia, para añadir más pavor a la hambruna.

En relación con el primero de los brotes señalados, la sensación fundamental en los ciudadanos de los países ricos ha sido de auténtico temor, mientras que la mayoría de los esfuerzos salubristas se dirigían a la búsqueda del origen del problema. El miedo en la población es, entre otras cosas, el resultado de la constatación de la importancia de la globalización en la seguridad alimentaria, y de la evidencia de que hay que mejorar los procedimientos de notificación de las alertas epidemiológicas y los mecanismos de coordinación entre países.

Tras el pepinazo de la senadora de Hamburgo a los intereses agrícolas españoles, los epidemiólogos alemanes pusieron afortunadamente rigor científico, estableciendo una relación significativa entre unas semillas de fenogreco alhova y el riesgo de enfermar. De esta manera, y aunque desde el punto de vista microbiológico todavía queden lagunas, se ha podido controlar el brote, que es el objetivo fundamental de los profesionales de salud pública. Sin embargo, el brote de Haití, todavía activo y que ha ocasionado hasta la fecha unos 400.000 afectados, con más de 5.000 muertes, se observa como algo incomprensible, lejano, ligado a otras épocas, y frente al cual nos posicionamos en una actitud claramente caritativa.

En este caso, los esfuerzos salubristas se han dirigido a evitar la diseminación de problema, porque es evidente que el origen de éste está muy claro. Así, parafraseando con cierta licencia a un famoso político norteamericano, podríamos decir: “Es la miseria, estúpido; es la miseria”.

En relación con esta epidemia se ha llegado a debatir si el problema fue importado o no. ¿Y qué? Lo importante es saber que en ciertos países en vías de desarrollo esta enfermedad es endémica, o al menos recurrente en varias zonas, y que en estos mismos territorios están desgraciadamente presentes las condiciones que favorecen los estallidos epidémicos.

Es evidente que, si desde la perspectiva de los países de nuestro entorno socioeconómico (aunque sea en crisis), no se valora la necesidad urgente de apoyar con determinación el desarrollo de los países pobres, este tipo de situaciones se seguirán produciendo en el futuro, ya que no habremos acabado con su causa de producción: la miseria.

No deja de ser paradójico que el 10 de diciembre de 2010 se haya celebrado una nueva edición del Día Internacional de los Derechos Humanos con el lema: “Hazte oír. Pon fin a la discriminación”.
Desgraciadamente, los únicos gritos que seguimos oyendo en Haití son los del sufrimiento y el llanto de numerosos ciudadanos enfermos, o de los sanos que lloran a sus enfermos y muertos. Es la pobreza estúpido…, no los pobres.

*Médico epidemológico