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La otra mejilla

   

La visita del Papa a Madrid y, en general, la Jornada Mundial de la Juventud organizada en la capital por la Iglesia Católica española -la XXVI- han alcanzado un éxito absoluto y sin paliativos. Sin paliativos se entiende para esos patéticos grupos de anticatólicos totalitarios, que niegan la libertad religiosa y de culto, y las libertades de reunión pacífica y de circulación que garantiza nuestra Constitución, y que han llegado a insultar y agredir a jóvenes católicos participantes en las Jornadas, mientras determinados medios disimulaban los insultos, las agresiones y su auténtica condición llamándoles pudorosamente “laicos”. Pues bien, lo sucedido tiene una doble lectura. Por un lado, constata la vitalidad y la vigencia de la fe católica y de la Iglesia, que han movilizado en pocos días, y a pesar del calor y la lluvia, a casi dos millones de personas de todo el mundo, y que, en particular, han demostrado su presencia en la juventud, es decir, en el futuro. La segunda lectura es que, ciertamente, no se equivocó Juan Pablo II cuando en 1987 sacó por primera vez de Roma estas Jornadas, que entonces se celebraron en Buenos Aires, y les dio un formato de peregrinación juvenil.

Corren malos tiempos para las creencias y los testimonios religiosos, y solo los jóvenes creyentes y practicantes pueden garantizar su porvenir mediante el compromiso. Unos jóvenes creyentes y practicantes que, dicho sea de paso, han convertido al Papa en el mayor líder religioso del mundo, un líder que, además, es seguido por más jóvenes que cualquier actor o cantante de moda.

Pese a la ingente cantidad de asistentes, casi inmanejable, las Jornadas se celebraron en un clima de civismo pacífico y festivo únicamente roto por la actitud ultrajante y agresiva de la inmensa minoría que se oponía a su celebración. De nuevo se puso de manifiesto el peligroso totalitarismo de la izquierda radical, en especial de la española: no hace tantos meses de las profanaciones de capillas y de los insultos y agresiones a católicos en la Universidad Complutense y otros centros docentes. El pretexto -la coartada- de la reciente intransigencia madrileña fue la protesta por la desgravación fiscal sobre sus aportaciones concedida a las empresas, organizaciones y particulares que han colaborado en la financiación de las Jornadas. Porque hay que aclarar que su celebración no ha supuesto gasto alguno para el erario público, salvo los correspondientes a seguridad y policía, no diferentes a los que suponen otros actos públicos multitudinarios u otras visitas de Estado. Bonificaciones de ese tipo se conceden, también, en otros casos de financiación de labores religiosas, educativas, culturales, sanitarias o asistenciales, y no es lícito olvidar la labor enorme que en esos campos realiza la Iglesia Católica con sus propios fondos, una labor que le supone al Estado un ahorro paralelo de muchos millones de euros. Por último, harían bien los totalitarios de Madrid en recordar que la Constitución obliga a los poderes públicos a tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y a mantener las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica, única confesión religiosa que nuestra Ley fundamental cita expresamente. No hay en ello ninguna “sumisión” del Estado a la Iglesia, como ha declarado un Gaspar Llamazares que, a estas alturas, ya no se representa ni a sí mismo.

El Gobierno más antirreligioso y anticatólico de la historia de España ha hecho de la necesidad virtud y ha aprovechado políticamente la visita papal. Durante un almuerzo protocolario, el ministro de la Presidencia le planteó al cardenal secretario de Estado, el ministro de Asuntos Exteriores del Vaticano, dos cuestiones políticas: un acuerdo sobre el futuro del Valle de los Caídos, y ayuda y colaboración en el proceso de extinción del terrorismo etarra.

El tema de la Basílica del valle madrileño es una de las obsesiones sectarias de Rodríguez Zapatero y su gente, además de un señuelo para desviar la atención de la opinión pública. Parece mentira que un Gobierno con una fecha de caducidad tan próxima y cuyo candidato no remonta en las encuestas electorales se empecine en un asunto semejante, como si acabara de tomar posesión con el apoyo del electorado, tuviera toda la legislatura por delante y no existiese una crisis económica que combatir con prioridad máxima.

Lo del terrorismo etarra es más serio y no parece fuera de lugar. Un sector no minoritario de la Iglesia vasca, incluyendo un obispo de San Sebastián y otras jerarquías eclesiásticas, ha justificado -apoyado- por acción o por omisión a ETA durante demasiado tiempo. ETA nació en las sacristías y cobijó sus primeros pasos en ellas; y no está muy lejana la época en que, por miedo o por convicción, era casi imposible encontrar en el País Vasco un cura dispuesto a celebrar un funeral o una simple misa por una víctima de los terroristas. Y que si lo hacía era en la clandestinidad de capillas desconocidas y solitarias, y de horarios inverosímiles. Fue una humillación suplementaria que tuvieron que soportar las víctimas, ante el silencio del Vaticano y del Papa. Esa actitud de la Iglesia vasca era heredera de la mantenida durante la Guerra Civil por los obispos y los curas vascos nacionalistas y antifranquistas (en Las Palmas estuvo desterrado uno de ellos), y se correspondía con una actitud similar de la Iglesia irlandesa respecto al nacionalismo y al terrorismo del IRA. Por si faltase algo, el Partido Nacionalista Vasco, que ha coincidido con la Iglesia vasca en su imbricación con -o su pasividad- ante el terrorismo, es un partido cristiano demócrata.

Como era de esperar, el Vaticano se ha limitado a tomar nota de los deseos del Gobierno español y a recordar que, en todo caso, el marco elegido no era el adecuado para plantear tales cuestiones.
Un comunicado de los terroristas vascos sobre su abandono de la violencia o su disolución sería lo único que permitiría a Pérez Rubalcaba remontar sus expectativas de voto y que, de alguna forma, redimiría la nefanda gestión de Rodríguez Zapatero al frente del Ejecutivo. Cualquier español de bien celebraría un comunicado semejante, con independencia de que tuviese esos efectos u otros. A pesar de ello, no parece probable que la sutil diplomacia vaticana ayude en eso -ni en nada- a los que han querido ser sus más implacables enemigos y perseguidores. Porque no queda mucho para noviembre y hasta lo de poner la otra mejilla tiene un límite.