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Las horas

   

El aguacero resbalaba por el empedrado, apenas una sorimba débil tamborileando en el cristal del dormitorio. Juana aguardaba junto a la ventana. Contemplaba su trocito de Puerto Santo. “Dos horas”, pensó, y volvió a mirar a Tomás. Escuchó su respiración cansada. “Ya duerme”, dijo, y luego: “Él no entiende, nunca entiende”. El reloj del salón iba ocupando el silencio.
“¡Déjalo ya!”, eso sólo había dicho Tomás antes de darse vuelta para ovillarse en las sábanas. “Pero él lo prometió, Tomás”, y Tomás se incorporó, le atusó el cabello, tomó sus manos manchadas y las besó. “Descansa, él ya no vuelve”, y Juana bajó la cabeza para llorar muy quedo. Juana volvió a perder la mirada en la calle desierta. “No quieras remover las cosas”, le dijo, y ella se aguantaba las ganas de romper a llorar en silencio. “Él no entiende”, pensó. El viento se colaba por los postigos. “Él vuelve”, dijo y se llevó la frazada al cuello. Sintió el frío entrándole a los huesos.
-¿Todavía anda despierta, madre?
Juana se volvió y lo encontró junto a la puerta.
-Hacía tiempo antes de ir a la cocina. Apenas quedan dos horas para que claree. Esta vez te hiciste de rogar, Alberto. Tu padre estuvo un tiempo buscándote, pero ya no quiere saber. Se cansó.
El viejo lleva la pasta de los santos. Parece que no se rompe, pero adentro es sólo polvo de yeso.
-Siempre te perdió la lengua, Alberto. Luego de todo lo que hizo por ti. ¿A qué viniste?
-Sentí que usted me andaba llorando. Sólo me pasé a verla.
-Quédate un poco. Voy a encender el fuego.
Juana se acercó a la cómoda, miró un instante el retrato y tomó la vela que lo alumbraba. Tomás dejó escapar un gemido y se volvió del otro lado. Cubrió sus pies con la frazada y se fue en silencio hasta la cocina.
-Siempre consigue que las cosas me duelan, madre.
Juana atizaba el carbón con un hierro. Parecía que escampaba, aún se escuchaban las últimas gotas del aguacero picoteando el techo de zinc. Alberto se acercó al calor de las brasas y extendió sus manos. Juana lo miró y pensó que su rostro se humanizaba por la luz de las llamas.
-Pareces más flaco.
El caldo hervía en el puchero de barro. Alberto sonrió.
-Qué cosas dice, madre.
Ella quiso posar su mano en el hombro del hijo, pero sintió que debía detenerse.
-Él te quiere. A su manera él…
-Lo sé.
-No sabe esperar. Es sólo eso. Tú, siempre prometías cambiar, pero él no entendía.
Juana apagó el fuego y acercó un cuenco humeando a la mesa. Estuvieron un tiempo así, mirándose en silencio.
-¿Quién los avisó?
Juana se movía intranquila en la silla.
-Una mujer que decía conocerte se cruzó con tu padre en Los Altos, y se lo dijo sin más.
-Pobre diablo.
-Con lo puesto se fue a donde los Déniz. Se dobló frente al viejo. No le importó rogar, pero el anciano no prometió nada. Dijo que ya eran muchos los que se jugaban tu suerte.
-¡Qué remilgos por estrenarle una hija!
-Él a su manera te perdonó, sólo que no sabía cómo decirlo. Tu padre no es de muchas palabras.
El joven sacó los ojos del cuenco para abandonarlos en la anciana. Juana lo sentía lejos, entonces quiso llorar, pero no pudo.
-¿Dónde te torciste, Alberto?
-No diga esas cosas. Ahora que vine por usted.
Las brasas andaban enfriándose en el hornillo. Juana escuchaba al viento sisear bajo la puerta. Él se levantó y la miró con tristeza.
-Cuídese, madre.
-Ni siquiera has probado el caldo.
-Otra vez, con más tiempo.
Juana lo acompañó al zaguán. Empezaba a amanecer en Puerto Santo cuando Alberto dobló en la esquina. No se volvió a saludar. Ella cerró la puerta y regresó por el pasillo con la vela encendida. La luz entraba mansa a la habitación. Tomás aún dormía. Sobre la cómoda descansaba la foto amarillenta del hijo en un viejo marco de plata. La miró un instante. “Sí que pareces más flaco”, pensó, “sí que lo pareces”, y le arrimó la vela.

Por Álvaro Marcos Arvelo