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NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Lucian Freud

   

A un mes de su muerte, contemplo, con relativa tranquilidad por la hora, cuatro obras de Lucian Freud (1920-2011), acaso el más importante de los retratistas que, a lomos de los siglos XX y XXI, llevó el arte a sus derroteros y pasó de los consejos y catecismos de los eruditos, empeñados en conducir la plástica según sus gustos propios o las doctrinas impuestas por los mercados. Nieto de Sigmund Freud e hijo del arquitecto Ernst, nació en Berlín pero, con la llegada de Hitler al poder, emigró a Inglaterra con toda su familia y allí se inició como pintor surrealista, obsesionado con la yuxtaposición de figuras hechas con tintas muy licuadas. Con una intensa vida sentimental (dos matrimonios, otras tantas convivencias, y trece hijos), tras la II Guerra Mundial se erigió como uno de los más sobresalientes artistas británicos y, sobre todo, su mejor retratista. Realizó su primera exposición individual en 1944 en Lefevre Gallery donde mostró una de las obras más famosas de la pasada centuria The painter’ room. Fiel a la amistad -mantuvo una entrañable relación con el expresionista figurativo Francis Bacon, que, de algún modo, influyó en su creación- y a un estilo personal que, desde el primer momento, se desvinculó de convenciones y conveniencias, bien a base de composiciones de cotidiano naturalismo, como a exhibiciones de la carne mórbida en retratos que tambalearon los esquemas de la crítica timorata y la sociedad cursi que aún profesa la fe del parecido y la buena presencia. La serie de retratos realizados a su madre figura -sin discusión posible- entre los logros más notables de la pintura europea del género y fue, hasta su muerte por causas naturales, según reveló su agente, el artista vivo que alcanzó las mayores cotizaciones en las subastas internacionales. Para la historia quedarán sus obras económicas de color, fieles a las gamas y a las variables densidades de la carne, porque para este artista de sorprendente originalidad en su tránsito por los géneros tradicionales -interiores, estampas cotidianas, personas- “la carne es la pintura; esa es mi meta”. Su singularidad y su carácter hosco le hicieron aceptar, con estoicismo y sin entusiasmo, su adscripción a la Escuela de Londres; “¿qué más te da?”, cuentan que le dijo Bacon. En un sábado, calmo curiosamente, contemplo cuatro obras de Freud en el Thyssen Bornemizsa y celebro el ejercicio de filantropía e inteligencia pública que nos puso en hora en el atraso estético de cuarenta años de dictadura.