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> por Enrique Arias Vega

Orgullo gay y orgullo católico

   

Algunos medios de comunicación han calificado de “orgullo católico” los actos de estos días en Madrid con Benedicto XVI.

Es una manera de trivializar una visita que deploran en el fondo de su alma y de escarnecer a los participantes en ella, al equipararla a los desfiles del movimiento gay.

Claro que a este último lo respetan y a las manifestaciones religiosas, en cambio, las desprecian.

Tampoco esto es del todo exacto. Si el acto confesional multitudinario hubiese sido islámico, por ejemplo, se habrían cuidado muy mucho de oponerse a él. Tampoco nuestro Gobierno, tan respetuoso con la marcha anti-Papa, habría permitido algo similar para protestar ante el rezo colectivo del Ramadán, pongo por caso.

Por eso, todas las razones esgrimidas contra la presencia del Pontífice tienen el común denominador de la hipocresía: seguro que sus autores no se manifestarán cuando el sucesor del Dalai Lama venga a España.
Tampoco lo hicieron cuando Gadafi y otros sátrapas sanguinarios visitaron nuestro país.

Y es que su odio no es ni siquiera a los enemigos de los derechos humanos, sino a la fe católica.

En vez de reconocerlo directamente, que sería lo honesto, usan argumentos banales, como el presunto coste del viaje y su repercusión en el bolsillo de los contribuyentes.

Además de no ser cierto, ¿protestaron en su día por los gastos de encuentros internacionales, como la Conferencia de Oriente Medio? ¿O por el corte de tráfico en eventos deportivos, como la Champions? ¿Y qué decir de otros costes discutibles, como los Juegos Olímpicos?

Es que, no nos engañemos, una cosa son los gastos y los fastos y otra muy distinta, aunque legítima, el odio, sí, a una religión determinada.