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Rosa de Lima

   

Ayer, como hace trescientos cuarenta años, el hervidero humano que es Lima se concentró en el centro histórico donde se ubica la basílica dedicada a la primera santa de América, hacendosa y agraciada criolla, que hizo los votos en la Orden Tercera de Santo Domingo y hoy es uno de los signos de integración de una nación multiétnica, con una distribución desigual de la riqueza y una historia convulsa en todas sus etapas: incaica, colonial y republicana. Hija de un arcabucero de origen extremeño y de una limeña humilde, Isabel Flores de Oliva (1586-1617) construyó en el huerto de la casa familiar una ermita y un galpón adosado para hospital y asilo de pobres y vagabundos. Los fieles citan como el hecho trascendente de su vida el “Desposorio Místico”, ocurrido en la iglesia del Rosario, cuando la imagen de Jesús Niño la pidió como esposa, el Domingo de Ramos del año de su muerte; los peruanos, en general, su prodigiosa intercesión, en 1615, que abortó una invasión de piratas holandeses; la monja permaneció dentro del templo, protegiendo con su cuerpo el sagrario, hasta que la inesperada muerte del comandante de la flota y una súbita tormenta alejaron la flota del Callao. Falleció, después de tres meses de enfermedad, y en su emotivo y multitudinario entierro, las tropas del Virreinato tuvieron que proteger su cuerpo de los asistentes que se disputaban los trozos de hábito como preciadas reliquias.

“La causa de Rosa” -así la rebautizó fray Toribio de Mogrovejo en la confirmación- se inició poco después y, en 1668, Clemente IX aprobó la beatificación; y tres años más tarde, pese a sus reservas iniciales, su sucesor del mismo nombre dio el visto bueno a la canonización y, en el momento de la firma, según una leyenda romana, su escritorio se rebosó de rosas blancas. Patrona Principal del Nuevo Mundo “y del verde Perú de punta a punta”, su popularidad se extendió por las tres Américas, por la vieja Europa y Asia, donde se abrían nuevas misiones, como una de las devociones más queridas y amables y su iconografía fue tratada por maestros o Claudio Coello (su óleo del Prado figura entre los más hermosos) o el italiano Angelino Medoro (que la retrató) y artistas del común, y reproducida en sellos de correos, billetes de curso legal, carteles y estampas piadosas y en los más insospechados soportes que venden los bazares y los informales que, “por Santa Rosa, hacen su agosto”.