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nombre y apellido > por Luis Ortega

Severo Ochoa

   

Si mi fe y mi carácter no tuvieran tantas y tan reconocidas carencias, saldría calle abajo gritando ¡viva Severo Ochoa y la madre que lo parió!, porque, por primera vez, sus compatriotas ponen a los científicos a la cabeza de la popularidad, en la cúspide de su confianza. En una encuesta realizada por la firma Metroscopia para El País, los investigadores -que, por simplificar, simbolizo en el Nobel español- y los médicos alcanzan la misma y alta calificación (7,4 sobre 10); la Universidad, en su conjunto, y la sanidad pública -¡quién lo diría!- les siguen con un 6,8 y, con una décima menos, y por este orden, aparecen la policía, la seguridad social, las pequeñas y medianas empresas, los intelectuales -¡caramba, caramba!-, la Guardia Civil, las fuerzas armadas, las ONG, las fundaciones y la radio. La escala nos sorprende tanto, y tan gratamente, que tuvimos que dar tiempo a su digestión. Por esta vez, las preguntas no han ido por las preocupaciones y las angustias de los españolitos -el paro, la vivienda, el negro horizonte de los jóvenes, las dificultades de todos para llegar a fin de mes, las rudas amenazas sobre las pequeñas y medianas empresas y la neutra impunidad de los bancos en el cacao que, por acción u omisión, de motu proprio o en seguimiento de Lehman Brothers- y, en ese sesgo positivo, nos llevamos curiosas sorpresas. La primera es que, de repente, nos hemos convertido en una comunidad culta y sensible que, en medio de una crisis aguda y sin síntomas de mejoría, valora a los sabios sacrificados en sus laboratorios, a la institución universitaria, desatendida -como siempre- en épocas de recesión y a los intelectuales (sic). Queremos creer en la sinceridad -no hablamos, ni mucho menos, de exactitud- de esta muestra sociológica. Pero, sin embargo, expresivos antecedentes nos retrotraen a un ciclo penoso, donde la televisión berlusconiana ganaba adeptos incondicionales, con los mismos menús y modos que ahora derrocha y, sin embargo, ante los cuestionarios de los institutos de opinión, todos expresábamos nuestra afición y fidelidad a los documentales de la Segunda Cadena, aunque luego esos datos no se correspondieran con la realidad de las audiencias que, como premio, tienen una infalible facturación publicitaria en los programas de corazón y casquería. Desde ahora y, como Saulo de Tarso, aguardo señales reveladoras de un tiempo nuevo, donde el desastre económico trae la contrapartida de un renacimiento cultural y de una exaltación popular de los valores del pensamiento, la ciencia y la cultura. Espero.