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POR QUÉ NO ME CALLO > POR CARMELO RIVERO

Soroche

   

Volver a casa tras ponerle los cuernos al verano isleño con el invierno peruano, sorteando las olas de calor y las serpientes informativas (por ofidios de la pachamama, cóndor y puma), hace del regreso una vieja liturgia que practico cada vez con más convicción y regodeo. Me sienta bien el viaje y todo cobra otro sentido -reivindicativo- en el avión de vuelta.

No traigo jet lag, acaso resaca del soroche de las alturas andinas. Era invierno duro en América del Sur, un invierno austral peruano que se disfrazaba taimadamente con un sol estival a mediodía, para rearmarse al caer la tarde y atacarte a traición en mangas de camisa.

El clima inequívoco del desierto, que ya me engañó una vez en Tinduf. Este otro desierto urbano lleva a las casas de noche el frío orgulloso del Pacífico, así cierres bien las ventanas. Lima -Lima, la horrible, tituló Sebastián Salazar Bondy un polémico ensayo- escribe el mismo guión cuando garúa bajo la panza de burro. Así que vengo del frío de Bryce Echenique, de J.E. Benavides y de Vargas Llosa. Con los libros que elegí de compañía, con los que tomaba café en La Croissantería de Plaza del Sol. Un café expreso con magdalenas recién salidas del horno, y estas sí que eran de Proust: la nostalgia de la arcadia era parte del paladar.

Volar al Hemisferio Sur es llevarle la contraria al tiempo y al espacio, todo sucede al revés (hasta un fuerte seísmo en la sierra perdonó): las sombras giran de día en sentido contrario a las agujas del reloj, y las espirales de las conchas de las caracolas, en sentido inverso al hemisferio norte. Como si ese mismo fenómeno mágico (efecto Coriolis) hiciera de Perú el reverso del mundo: crece económicamente por minuto, mientras EE.UU. y Europa viven horas aciagas. Plaza del Sol -un hervidero humano en el centro comercial- era una microciudad perfecta: compraba El Comercio y La República, podía almorzar a placer, leía a Jaime Bayly matando en Morirás mañana, salía a pasear, compraba en la esquina una bolsa de camotes, y los soles (más de tres por un euro) engordaban la ficción de contramundo, como esas sombras levógiras, liberándome del trauma de la crisis. Ahora, de vuelta de Ica a Ítaca, tras el breve autoexilio de un mes, me traigo, entre los libros, los apotegmas de Monterroso, uno de los cuales dice: “Al amigo que se aleja/ ábrele pronto la puerta”.