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SOBRE EL VOLCÁN > POR RANDOLPH REVOREDO CHOCANO

Suerte

   

Los derroteros de la vida desconciertan, asolan campos extensos. Dos artistas prácticamente iguales en importancia, influencia y genialidad han transitado dos vidas demasiado distintas y distantes una de otra.

Vincent Van Gogh vivió buena parte de su vida adulta, especialmente su etapa más creadora en la más absoluta ignominia. Vendía -cuando vendía- un cuadro a un dueño de hostal por un plato de comida; y eso que probablemente el comprador lo hacía más por generosidad que por el cuadro.

Cierto que estaba un poco tocado, pero habrá que preguntarse si el flirteo constante con la oscuridad no es consecuencia de un mundo que le ignora y patea, día sí y otro también. Morir en la más absoluta miseria y soledad, voluntariamente, desesperado por acabar con su dolorosa estancia: así concluye el que ahora es uno de los más grandes.

Pablo Picasso habita en el otro extremo. Imaginarlo precoz, chulo, arrogante y consciente del reconocimiento que recibió su trabajo desde muy joven, tanto como verlo comprando un piso con poco más que unos arañazos en un papel autografiado en unos diez minutos. Contemplar caminos tan radicalmente opuestos hace pensar cualquier cosa de cualquiera y de lo que sea. Mucho desasosiego para un mortal.

La sociedad ha hecho avances destacables en este terreno; consigue reducir notablemente las experiencias biográficas extremas con más profesiones, estudios y oficios disponibles. Eso trata de amordazar los vaivenes del lejano e inadvertido aleteo de una mariposa. No obstante, parece un avance que no se reconcilia con todo sentimiento vital y con el rabioso y testarudo azar.

Pablo recibe demasiado y Vincent demasiado poco. Si como dicen algunos, no hay nada más allá de la existencia material, la vida de Vincent no valió para nada; al menos desde el punto de vista del propio Vincent: ¿Le sirve de algo que después de un siglo resulte ser uno de los grandes maestros de la pintura? Jamás lo sabrá y puede que no le importase mucho.
Antes de continuar queremos rápidamente despejar cualquier intento de interpretación insensata: no, una política cultural no cambia nada, lo empeora en todo caso porque introduce el veneno de la subvención. Se trata de los irremediable e irreparables subproductos del día a día.

Vivimos en un mundo en el que el individuo ha delegado sus decisiones a entidades que son fruto de su propia invención: las instituciones.

Ahora somos lagartijas que serpentean entre los lentos movimientos de leviatanes. Le encomendamos la misión de reducir la incertidumbre de nuestras vidas, nuestro futuro financiero o laboral, y queremos creer que porque son grandes hacen bien su trabajo. Le decimos que enaltezcan la obra de Vincent, que hagan sentirnos mejor. Que nos ayude a encontrar un propósito a las cosas.

En buena parte del mundo occidental dentro de treinta años las cuentas de la seguridad social y las pensiones podrían no cuadrar. Personas que vieron en sus padres una forma de vivir y querrían repetir, milímetro más o milímetros menos, se encontrarán que nadie más que ellos mismos velará por sus dolencias, sus achaques y sus sueños. Descubrirán -no sin dolor- que sus ascendientes vivían en una nube de suma cero generacional: alguien pagaría lo que otro recibió.

En cuanto a Vincent, nos preguntamos si en algún momento tardío de su sufrida vida hubo algún atisbo de satisfacción interna, íntima, del trabajo bien hecho; por ejemplo, si puso en perspectiva el tránsito por el desierto que fue su vida llegando a suspirar de alivio. La procesión va por dentro, dicen. Nos preguntamos si la salida del anonimato es algo más que un amaneramiento arrogante y creído (artistas exhibicionistas, bien considerados y pagados lo demuestran). Si tiene sentido lo que Leviatán dice para reducir nuestra sensación de deriva. Desconcierto, incertidumbre y riesgo parecen inherentes a la especie. Quizás la verdad esté detrás de ese velo.

Es un problema sin solución: es más, no es un problema. Porque siempre ocurrirá lo que a Vincent en diferentes grados y tonalidades; aunque en algún momento del transcurrir vital hay quienes, como Gauguin, hicieron cambio de rumbo a mitad de travesía. No creerse al pie juntillas lo que sentencia Leviatán suele ser sano, pues ni son todos los que están ni todo lo que brilla es oro.

¿Es desconcertante? pues sí. De eso se trata. Son los azares de la vida que nadie puede desterrar. Es consustancial al respirar. Con o sin estupidez entronizada, habrá que atreverse a decir: bienaventurados los suficientemente ingenuos y escépticos que no temen vivir en constante vaivén.