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la columna > por manuel iglesias

Una visión realista y poco triunfalista

   

Es poco frecuente encontrar manifestaciones sobre temas públicos que tengan un esquema de normalidad y lo que se llamaba antes “sentido común”, expresión que tan poco se usa ahora por no encontrar con frecuencia sujeto al que aplicarla.

Por eso resultan interesantes unas declaraciones hechas hace unos días por el presidente de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Canarias, Humberto Guadalupe Hernández, al diario La Provincia, en la que habla del número de juicios por despidos actualmente y apunta a que éste ha descendido.

Pero lo reflexiona con una verdad que en su crudeza da un retrato más cierto del ambiente social que los habituales optimismos oficiales. Afirma que, “aunque parezca una barbaridad”, este descenso de litigios se produce porque “ya no quedan trabajadores que despedir”. Es decir, que la práctica totalidad de las empresas han hechos los ajustes de plantilla que consideraron convenientes y ya no tienen empleados que poner en la calle sin echar el cierre a la actividad. “Ahora lo que hay es un goteo”, dice.

Preguntado sobre si el descenso de los juicios podría deberse a la reforma laboral aprobada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, el jurista señala que “la legislación no ha producido aparentemente ningún efecto en materia de contratación y en materia de despido ha producido el efecto que se esperaba, facilitarlo”. Y el periodista, Borja Valcarce, indaga sobre si, en consecuencia, pese a lo que se dijo, no fue una reforma hecha para fomentar la contratación, y Humberto Guadalupe es claro: “En el tiempo que llevo yo se han hecho cuatro reformas profundas en situaciones de crisis y con ninguna de ellas se ha mejorado la situación”.

No es el objetivo del presidente de la Sala de lo Social del TSJC con sus palabras, pero resulta inevitable que el contenido de ellas nos lleve otra vez a las constantes causas del malestar social contra los políticos gobernantes. Frente al sentido común y a lo que la mayoría veíamos, se insistía en que la reforma laboral iba a favorecer la contratación y la realidad, y lo que ha confirmado es lo que opinaban y escribíamos otros. Que traería como consecuencias más despidos y más fragilidad laboral.

Quizás era necesario, porque el objetivo estaba en la supervivencia de las empresas, que no podrían aguantar una sobrecarga laboral sobrevenida por la crisis y la retracción del consumo, de la financiación y de las actividades, pero al ciudadano había que decírselo, tener el valor de enfrentarlo a sus responsabilidades, y no hurtar el bulto dando la medicina amarga de los despidos en el interior de un caramelo agradable de una promesa de contratación que no se iba a producir.

Lo de que ya no hay más despidos porque no quedan muchos empleados que despedir, es una barbaridad, como dice Guadalupe Hernández, pero es una verdad de sentido común que sorprenderá a muy pocos.