LA COLUMNA > POR MANUEL IGLESIAS

¿Los representantes nos representan?

Algunos de los movimientos ciudadanos del último tiempo en nuestro país se inscriben en gran parte dentro de una críticos de la sociedad dirigente, cuyas expresiones más visibles parecieran ser la propia legitimidad de la “clase” política, cuestionada con el grito de “no nos representan”, justo cuando se acababa de salir de un proceso electoral que debe ser la máxima expresión de la acción democrática.

En principio cabe decir que los manifestantes que así se expresan tampoco nos representan a los demás, como ese colectivo parece creer, al margen de que cada uno de ellos tenga su razón para estar y decir lo que dice. Pero el siguiente paso es preguntarse por el sentido de la expresión, no porque lo digan, sino porque si se pasa a considerar a los políticos como una clase que no tiene representatividad, eso es una cosa, y decidir que “no nos representan” cuando actúan de determinada manera, es otra.

Esta reflexión surge cuando, por ejemplo, algún diputado o diputada interviene en el Congreso y vierte en el mismo elogios o consideraciones que entran más en el ámbito de las opiniones personales que de la representatividad. Se está allí en condición de representar a un colectivo de ciudadanos, pero cuando se manifiesta de una manera terminante, ¿está representando a todos ellos? ¿Tiene en cuenta si sus representados piensan de igual manera o actúa por libre y se puede decir “no me representa”. ¿Se podría afirmar con exactitud que “no me representa” un diputado o diputada cuando dice ciertas cosas que afirma como concluyentes y sólo por su propia posición?

Podría definirse como un despotismo político no ilustrado, sino iletrado

Ningún político puede recoger el sentir total de sus votantes y reducirlo a un comportamiento o una única expresión, pero se debe admitir que ante la duda de que un sector importante de quienes “se es representante” pueda tener unas posiciones contrarias o no ver bien determinados comportamientos (especialmente cuando estos son gratuitos y no tienen una necesidad para el colectivo), la mesura y prudencia en el obrar y el decir no se puede ver como una opción, sino como una obligación inherente a la representatividad.

Seguramente hay muchos casos de ciudadanos cuya irritación corresponde a cosas como estas y no meramente a un cuestionamiento del sistema, como apunta la interpretación extrema de la indignación. El problema desde esa perspectiva no está en el sistema, sino en cómo se ejerce. Ha entrado en una crisis una cierta idea de la política y con ella la clase que la encarna, porque hay cosas en las que “no representan” al representado. Podría definirse como un despotismo no ilustrado, sino iletrado, que ha decidido que tiene que “gobernar” o “trabajar” para los otros pero sin los otros, con poca calidad en el obrar y sin siquiera dar explicaciones, tal vez porque creen que el común no las entenderían. Pero eso hoy, en la realidad de la calle, es algo que chirría.