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Por Alfonso González Jerez >

Agostados

   

Se va uno de vacaciones y a su regreso le han cambiado la Constitución. Te pasas una quincena tumbado entre el mar y la arena y te pierdes que un Papa te acuse de pretender ser Dios, que es la acusación papal lanzada contra los ateos más estúpida entre las muchas que registran anales y encíclicas.

Ya uno no puede distraerse un segundo. “El destino, que es ciego ante las culpas, puede ser despiadado con las distracciones”, que decía Borges. Entre la amenaza de hundimiento de las bolsas y la patética carrera del PSOE para expulsar a sus militantes herreños a fin de salvar la presidencia de Belén Allende -en pocos meses los límites del PSC estarán circunscritos al despacho de José Miguel Pérez-, agosto ha demostrado todo su maravilloso potencial informativo. Y eso sin referirse a la apocalíptica inundación de San Andrés, que se saldó sin que ni el más modesto burgado resultase lesionado.

Lo de la Constitución me preocupa especialmente, porque es singularmente sintomático. No existe ninguna razón de pragmatismo económico para la reforma que impulsan en solitario el PSOE y el Partido Popular. Absolutamente ninguna.

En materia presupuestaria y de control del gasto público las reformas necesarias son muy amplias y continúan orilladas por los dos grandes partidos en las administraciones y asambleas legislativas que controlan: técnica presupuestaria de base cero, programatización evaluable de las partidas, prohibición de créditos ampliables, agilización de las inspecciones del Tribunal de Cuentas, obligación inapelable de comunidades, ayuntamientos, diputaciones y cabildos de contar con unas cuentas debida y puntualmente auditadas, refuerzo de la lucha contra el fraude fiscal, creación de una agencia independiente, de carácter rabiosa y diligentemente técnica, para el diagnóstico continuo y sistemático del gasto público en todos los niveles de la administración a fin de eliminar negligencias, derroches y contabilidades más o menos creativas. Quizás no sea bastante, pero obviamente es imprescindible en un país donde las cuentas públicas siguen siendo un legañoso arcano.

Socialdemócratas y conservadores, en cambio, han optado por sobajear la Constitución para imponer supuestamente un techo de gasto público, porque sobajeando la Constitución parece que están dispuestos a todo: como el mafioso que está dispuesto a deshacerse de su santa madre, no por nada personal, sino por negocios.

Es un gesto simbólico. Un gesto de la vieja y acobardada política que se ha perdido el respeto a sí misma. Un gesto que a las fuerzas del capital financiero internacional les trae totalmente sin cuidado.