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Por Rafael Alonso Solís >

Amanecer y crepúsculo

   

Parecía que el siglo XXI era solo una continuación del anterior, ajustado a un guión diseñado de antemano mediante un pacto entre los dioses y los hombres. El escenario, sin embargo, se va llenando de nuevos actores, se va modificando la tramoya y complicando la carpintería de las entradas y salidas por el foro. Las noticias cruzan el espacio a través de canales insólitos, dudosos, atrevidos y dotados de un punto de fantasía. Un negro trata de gobernar el imperio de los blancos, mientras otros se echan a la calle azuzados por una combinación de hartazgo, y quién sabe si de intereses ocultos que se generan a distancia. La religión, esa mezcla de literatura y temblores del alma con la que sedamos la inquietud que nos producen los sueños, se convierte en un campo de batalla en el que compiten la angustia interior y la incursión de los clérigos en el mercado, el amanecer tras la noche oscura y las finanzas vaticanas, la luz sospechada al final del túnel y el afán de los credos por dominar el cotarro a su antojo. El mundo -como ha señalado, desde la perplejidad, Carlos Fuentes- cambia de rumbo con la fuerza de los huracanes desatados, como si la extraña agitación telúrica que mueve los mares y las tierras fuera solo una muestra de algo más profundo, más dramático y más ajeno a nuestra capacidad de comprensión. El conocimiento que la especie dominante tiene de la constitución de la materia y de la entraña íntima de su propia estructura comienza a acumular evidencias que le sirvan para dar una explicación coherente de la trama, al tiempo que carece aún de pistas que le permitan intuir el final de la obra, relacionarlo con la idea genésica que alumbró el guión y trazó las líneas maestras de su desarrollo. Más allá de los extremos, entre lo grande y lo pequeño, entre lo inmenso y lo ínfimo, entre el ser y la nada, se atisban regiones ocultas que guardan las puertas del misterio y sostienen la imposibilidad de conocer los infinitos nombres de Dios. Frente a la ilusión de la unidad de las cosas, una gigantesca ola babélica parece impulsarnos al fondo del Maelström y arrastrarnos a una batalla sin sentido, sin vencedores ni vencidos, en la que cada cual corre en una dirección diferente, hasta que la igualdad entre las fuerzas centrífugas y las centrípetas acaben por concentrarse en un punto sin dimensiones y se apaguen las estrellas.