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Por Enrique Areilza >

Baja tensión

   

Volvemos de vacaciones con las pilas cargadas y dando gracias, porque el panorama a corto plazo es incierto (retador en términos de liderazgo positivo). Muchas organizaciones ya han pasado parte del desierto y han recortado sus estructuras incluso más allá de lo recomendable. Sin embargo, en los momentos en que parecía que las cosas mejoraban no han incrementado plantilla, ni aquí ni en Estados Unidos. Incertidumbre y por tanto espera. Otras empresas están todavía en ello y muchas otras o no han empezado o lo hacen a ritmo de tortuga (administraciones de todos los colores y ámbitos geográficos… pólvora del rey). Estar gordo organizacionalmente conlleva problemas que habitualmente no están muy bien identificados. Al contrario que en los individuos, la gordura de compañía se asocia con una baja tensión. La baja tensión organizacional, también al contrario que en los individuos, es causa directa de malestar, enrarecimiento del clima laboral y consecuencia de ello de baja productividad. Existen innumerables estudios al respecto, y es verdad que también hay detractores. En general, estos detractores pertenecen a ese colectivo soñador e idealista, o idealistos, que piensan que el Estado del bienestar es un derecho inalienable e inacabable. Todos hemos vivido situaciones de alta y baja tensión organizacional. No necesariamente en un trabajo, ha podido ser en el colegio, la universidad, un equipo deportivo amateur, etc.

Todos sabemos que damos más de nosotros mismos cuándo existe un cierto nivel de tensión. También es cierto que si te pasas de un nivel la consecuencia es negativa, pero el recorrido entre niveles adecuados es muy largo. Piense usted en un entorno laboral laxo (no vuelvo a las administraciones públicas para no generar demasiada crítica). Se encontrará que la falta de actividad se asocia de manera universal con la pereza, la indisponibilidad, la lentitud, la desidia, la crítica, etc.

Recuerde un día de esos “vagos” en su trabajo, no me diga que nunca lo ha tenido, eso sería bajo nivel de autocrítica. Piense en uno de esos días que son una pérdida para usted, para su empresa, para su familia… Ese día en el que lo único que contaban eran las horas restantes para irse. Recuerde las sensación durante y después. Por fin llega la hora de salir, sale del trabajo, por fin, y nada. Lo único que siente es vacío y malestar. Le ánimo a que recuerde un día activo, hasta cierto punto estresante, saque sus conclusiones. Si tengo una estructura hiperdimensionada y no la estructuro, no solo tendré sobrecapacidad productiva que arruina la cuenta de resultado, sino que además la baja tensión provocará efectos indeseables sobre la propia organización y sus stakeholders. Qué paradoja: por propia responsabilidad social deberíamos aumentar la tensión.