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Alfonso González Jerez

Calladitos

   

Muchos cientos, tal vez miles de laguneros, se sienten involuntariamente inmersos en una cita anual con el agobio, el fastidio, el hartazgo, la tumultuosa e inapelable obstinación: las fiestas del Cristo de La Laguna. Son los agnósticos y ateos que deben soportar campanadas gemebundas, incontables procesiones diurnas y nocturnas, estentóreos grupitos ululando salmos y canciones religiosas, revoloteantes ejércitos de curas y monjas, cruces poblando cualquier esquina y todo horizonte, cortes de tráfico y cambios se sentido en las vías urbanas. Son los ciudadanos que tienen que oír a un obispo proclamar (porque los medios de comunicación se apresuran a propagar su verbo cristalino como si dispusiera de alguna autoridad en el exterior de su organización eclesial) lo que le gusta y lo que no le gusta que se haga o no se haga en los espacios públicos, su diagnóstico sobre la degeneración moral de los jóvenes, los terribles efectos del relativismo moral, la perversidad del espíritu laico y sus malvados apologetas. Y calladitos. Cualquier crítica, distanciamiento o sarcasmo al respecto es considerado, paradójicamente, una actitud intolerante. Un modesto hecho, históricamente evidente, es que gracias a la crítica, el distanciamiento, la ciencia y el sarcasmo más lúcido estos señores no deciden lo que puedes leer, no controlan tu moral privada, es decir, tus esfínteres, no te entregan al brazo secular y no disponen de un Estado para mantener su pingüe negocio de salvación de almas y condena de cuerpos.

Pero ahora se pretende (y en buena parte se consigue) desactivar cualquier actitud crítica bajo la exigencia tronante de una tolerancia que se consiguió, precisamente, contra todas sus feroces resistencias, que no excluyeron jamás la bendición de ejércitos, la manipulación doctrinal en las escuelas, la lucha embrutecedora y sangrienta contra el desarrollo científico ni el apoyo inequívoco a golpes de Estado. Ahora, precisamente ahora, calladitos. Hay que estar calladitos para no herir susceptibilidades, que duelen como coronas de espina. Si usted es ateo o agnóstico, haga usted el favor de callarse y respetar. Es la trampa perfecta: para nosotros, la calle, las ayudas del Estado y la crítica al Gobierno, el monopolio discursivo de la moral; para los ateos y agnósticos, la soledad de su casita mientras escuchan el prodigioso ronroneo de las preciosas e interminables procesiones que lo infectan todo. Sí, para esta gente, el mismo Voltaire resultaría actualmente un intolerante, un dogmático, un depravado. Así lo trataron en su día y ese fue uno de sus timbres de gloria.