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Por Conrado Flores >

Canary sun

   

Harry trabaja en un banco de Manchester desde hace casi 20 años. Sólo con verte entrar por la puerta de la sucursal podría saber si estás en números rojos. Pero está apático y necesita unas vacaciones. Lo único que le hace olvidar por unas horas su rutinario día a día son los éxitos de su equipo de fútbol. Por si fuera poco, la lluvia que cae de manera permanente frente a su ventana lo deprime más que denegar hipotecas. Cada vez son más frecuentes unos sueños húmedos en los que lidera el robo perfecto a su propia oficina y huye con el botín a su nueva residencia en la República Dominicana. Pero Harry es un buen hombre y los sueños, sueños son. Por eso, esta primavera se puso a hacer cuentas y en verano se vino a Fañabé. Su padre, también separado, le había recomendado este destino muchas veces, poniéndole los dientes largos con unas fotos suyas en las que nunca faltaban ni el sol, ni la cerveza, ni una joven rubia a la que doblaba la edad. Por fin, era un buen momento para visitar esas exóticas islas cerca de África donde encima puedes pagar en euros.

Cuando llegó al complejo hotelero su piel era blanca, del popular tono “blanco Manchester”. Tanto, que tomó la determinación de tirarse al sol en una tumbona y no levantarse de allí hasta que no lo confundieran con Ronaldo. Para acelerar un poco el proceso compró un aceite bronceador, de esos que puedes usar en casa para las croquetas cuando se te acaba el aceite Betis. Si no fuera porque hay quien asegura haberlo visto salir de vez en cuando al McDonald’s, muchos hubieran jurado que había un hombre muerto junto a la piscina. Pues curiosamente, son varias las páginas extranjeras en Internet que relacionan el sol de las Islas Canarias con el cáncer de piel. Advierten – pongamos que en Austria -, que aquí el sol pega más fuerte que en Salzburgo. Pura pedagogía. Por favor, que alguien corra a decírselo a Harry.