X
Miguel L. Tejera Jordán

Carta Magna mucho menos magna

   

Los dos principales partidos políticos de este país han impulsado la aprobación de la reforma del artículo 135 de la Constitución española de 1978 a todo prisa y corriendo y casi a la chita callando.

Así que todos deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿si la reforma constitucional aprobada en las Cortes, por Congreso y Senado, no se va a aplicar hasta el año 2020, a qué tantas prisas? Estamos en 2011 todavía. Y falta la friolera de nueve años para llegar a 2020. Siendo así, ¿por qué no se pulsa la opinión de los ciudadanos en un referéndum?

Es altamente probable que los ciudadanos, o por lo menos una buena mayoría de ellos, comprenda y apruebe los argumentos de socialistas y populares y, seguramente, la reforma saldría adelante con el refrendo del pueblo.

La voz del pueblo es la sustancia misma de la soberanía popular. Si los argumentos a favor de la reforma son sensatos, nadie tendría que temer la prueba del algodón de una consulta popular.

Sin embargo, los diputados y senadores de los dos partidos políticos y algunas otras fuerzas que se han sumado a la aprobación parlamentaria de la reforma, sin más trámites, no han querido dar la voz a la ciudadanía.

Y esto suena a secuestro de la misma y a instalar la citada soberanía popular a los pies de los caballos de los mercados.

Al hilo de lo anterior, han sido las fuerzas nacionalistas, minoritarias en cada una de las dos cámaras, las únicas que se han opuesto a esta reforma de consenso político, pero no de consenso popular. ¿Supondrá ello la ruptura del modelo de Estado, el arrinconamiento de los nacionalismos y la llegada de un bipartidismo puro y duro que se reparta el poder del Estado por turnos, sin concesiones a las minorías?

Sería mala senda a seguir, porque en un sistema democrático, las mayorías no deben aplastar a las minorías, sino darles voz.

Y derecho a defender sus discursos y a plantear sus ideologías y sus objetivos políticos a los ciudadanos a los que representan.

Los grandes partidos a veces olvidan que detrás de los nacionalistas y de otras fuerzas minoritarias, aunque no sean nacionalistas, se ubican miles de ciudadanos libres que acuden a las urnas periódicamente para disentir de las grandes mayorías.

No quisiera vivir un servidor de ustedes en un sistema bipartidista, porque los rodillos, azules o rojos, siempre son rodillos. Y mi libertad personal y ciudadana no es una masa de harina para pizzas a la que haya que apisonar para meterla en un horno y servirla, sin más, en la mesa y mantel de los mercaderes que sólo se interesan por su dinero y por sus intereses.

Concluyo: no estoy en contra de la reforma que se ha planteado, pero sí me opongo al procedimiento.

El escogido desvirtúa nuestra Carta Magna española y la vacía de su más importante contenido: consultar a la ciudadanía. Debe saberse que estamos aquí, que existimos.

Y que no somos meros comparsas que nos limitamos a bailar al son que nos tocan los soplagaitas.