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Casimiro > Leopoldo Fernández

   

Junto a los movimientos sísmicos en El Hierro y la crisis económica que no se enmienda, Casimiro Curbelo está en el punto de mira del interés mediático. El gran cacique gomero, el personaje de las mayorías absolutas, el político que en su Isla influye sobre vidas y haciendas, el hombre de mayor respaldo y más votos, el más popular -que es virtud si el hombre dispone de ella a pesar suyo, pero puede ser la gloria en calderilla si se obtiene sin talento-, el todopoderoso dirigente que puede subvencionar desde el nacimiento a la muerte, el más querido pero también el más odiado por unos pocos, está hoy en capilla, a la espera de su ejecución política como aspirante al Senado. Dejo al margen a la persona, que me merece todos los respetos e incluso afecto, y me refiero exclusivamente al dirigente público, a quien durante casi treinta años ha sido todo -lo es aún- en la Isla Colombina. Curbelo cometió un desliz en Madrid; un desacierto que tuvo lugar en dependencias policiales. Si sólo fuera cierto la mitad de lo que dicen siete policías que dijo e hizo el exsenador, sería motivo suficiente para que dimitiera. La política es así de simple y así de diáfana; lo que no se conoce o permanece secreto, no existe. Pero ay si es impropio y trasciende: entonces, a quienes encarnan la autoridad o la representación pública les pasa lo que decía Benavente de los trajes: los desechan por deslucidos. No obstante, a Curbelo le han echado encima falsedades sin cuento. No estuvo en una sauna, ni tampoco en un puticlub; acudió a un bar de copas, donde consta que se comportó correctamente. Lo malo es que luego perdió los papeles en la comisaría. Esa, y no otra, fue su ruina. De ahí que desde las más altas instancias de su partido le reclamaran la dimisión, aunque a su regreso trató de justificar lo injustificable. A mi juicio, si era indigno de representar a su pueblo en el Senado, también lo era para hacerlo en el Cabildo. En estas cuestiones políticas, el gesto vale tanto para un roto como para un descosido. Es humanamente comprensible que las agrupaciones locales del PSC lo apoyen y que los dirigentes regionales pasen al comité federal de listas, que tiene la última palabra, la papa caliente de su inclusión en la plancha senatorial socialista para las elecciones del 20-N. Se trata de una cuestión de solidaridad y agradecimiento por los servicios prestados. Pero todos saben que Rubalcaba y su gente no van a cambiar de opinión y que resulta inútil oponerse a fuerzas superiores o amenazar con la creación de un partido nuevo. La calidad de la democracia exige estos gestos, incluso si Curbelo resultara luego inocente tras el juicio de faltas.