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Cópulas y cantares > Benito Cabrera

   

Del latín copula (lazo, unión) nace la expresión copla. Qué hermoso étimo para un vehículo de expresión popular que une a los pueblos hispanos en sentimientos comunes, convertidos en canción a través de versos anónimos que cruzan fronteras y perviven entre generaciones.

La copla hace alusión a un grupo de fórmulas estróficas diversas, como el romance octosílabo -tan importante a la hora de entender la lírica popular española-, la seguidilla (versos alternos de siete y cinco sílabas), la cuarteta (versos octosílabos con rima asonante o consonante en los pares), la redondilla (octosílabos con rima a-b-b-a) e incluso la quintilla, muy recurrente en las Malagueñas isleñas. En Canarias, la voz copla es usual, pero los folkloristas de antaño solían referirse a la copla como el cantar. “La mujer la echó un cantar” o “me inventé un cantar sobre la marcha”, son frases que se repiten cuando nos encontramos con informantes de cierta edad.

El análisis de las coplas entre comunidades españolas y/o americanas arrojan un sinfín de ejemplos curiosos sobre el componente viajero de estos micropoemas.

Por citar un ejemplo, en la isla chilena de Chiloé, la cantautora Violeta Parra recogió en 1958 la siguiente estrofa: Sirillas me pides / cuál de ellas quieres / son unas amarillas / y otras son verdes. Mientras que en Canarias cantamos: Seguidillas me pides / de cuálas quieres / si de las amarillas / o de las verdes.

El repertorio histórico de coplas no debería perderse, pero tampoco hay renunciar a la incorporación de otras de nueva creación. Demasiado repetitivas resultan las utilizadas habitualmente por los grupos folklóricos, que acuden –por lo general- a estrofas ya muy trilladas. Preguntemos a nuestros ancianos y acudamos a los excelentes copleros que hay actualmente en esta tierra, para que el caudal poético de los cantares siga fluyendo.