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Crimen impune > Miguel L. Tejera Jordán

   

Hace la friolera de 35 años yo era un pimpollo de 22, recién salido de la Universidad, que daba sus primeros pasos por el mundo del periodismo, oficio para el que me había preparado. Cierto día del mes de septiembre de 1976 hube de encaminar mis pasos hacia la zona de Somosierra y García Escámez, para dar cuenta de la muerte de un joven estudiante llamado Bartolomé García Lorenzo. Pertenecía, casualmente, a la redacción de este periódico, cuando subí al lugar del crimen, dispuesto a sortear un verdadero montón de obstáculos. El asunto se puso muy feo desde el primer momento. Tanto, que nunca en toda mi vida había visto tanta rebelión social, de todos los estamentos de la sociedad de la época, lo mismo en Santa Cruz, la capital, que en La Laguna, la vecina ciudad universitaria y, por extensión, en toda la Isla.
La puerta de la casa donde mataron a Bartolomé presentaba un sinfín de impactos de bala, todos ellos con las astillas de la madera orientadas hacia adentro, hacia el domicilio de los primos de la víctima, no hacia el rellano de la escalera. Fue en lo primero que me fijé, porque, por entonces, la policía especuló, interesadamente, desde luego, con que Bartolomé iba armado y había iniciado el fuego desde dentro de la casa. Falso por completo. Igualmente falso que fuera El Rubio.
El asesinato desató una oleada de protestas ciudadanas como jamás las había visto en mi tierra. La capital estuvo literalmente tomada por la fuerza pública durante días y días y, sobre los puentes de la autopista del Norte, los capotes de guardias civiles, armados hasta los dientes, se mecían al viento, mientras vigilaban que piedras y cascotes no fueran arrojados sobre la vía y provocaran accidentes.
Estudiantes de todas las facultades universitarias, de los institutos y centros de formación profesional, trabajadores y obreros, empleados públicos, del comercio, de los bancos, una variada representación de hombres y de mujeres, de todas las edades y condiciones sociales, viraron de patas las calles de Santa Cruz, que estaban en obras, con miles de piedras y adoquines a la vista.
Ejercía de alcalde Leoncio Oramas, al que apedrearon el coche oficial en que viajó al cementerio de Santa Lastenia el día del sepelio. Tuvo don Leoncio, a pesar de su masa corporal, que protegerse detrás de un gran camión de obras para no ser alcanzado por las piedras, para no morir literalmente lapidado, el pobre, que ninguna culpa tenía. En la ciudad, una de las guaguas rojas que hacía la ruta entre Santa Cruz y La Laguna fue empotrada deliberadamente por los manifestantes en la puerta del cine Víctor.
Santa Cruz parecía poco menos que una urbe de Bosnia-Herzegovina. Hubo incendios de neumáticos, auténticas barricadas en Méndez Núñez, en lo alrededores del parque. Las huelgas se sucedieron una y otra vez y la calma no retornó a la isla hasta bastante tiempo después.
Los disparos que mataron a Bartolomé fueron hechos por la policía, entonces los grises, luego los canelos, o marrones, y hoy flamante y democrático Cuerpo Nacional de Policía, una fuerza de seguridad del Estado que nada tiene que ver con la que peinó de uniformes, agentes de paisano y armas automáticas un pacífico barrio de Santa Cruz, que ahora quiere rememorar la tragedia.
Me parece bien que la plaza de García Escámez lleve el nombre de Bartolomé. Se lo merece una familia que no ha visto cerrado el caso.La placa con su nombre recordará un crimen impune. Está claro que alguien lo mató, rompió la vida de un joven y destrozó una familia. Y ya que no se le ha hecho justicia, al menos la placa que pongan en la plaza hará que lo recordemos.
Para siempre.