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Juan Carlos Acosta

Crisis de futuro

   

Enfilamos el tramo final de 2011 en el Archipiélago con la gran crisis incrustada en su frontispicio, una perspectiva que, sin embargo, no debería distraernos de nuestra posición geoestratégica con África. Al contrario, creo que el continente tiene que ser considerado ahora, más que nunca, una oportunidad de crecimiento, diversificación y liderazgo para las islas, de tal forma que las buenas intenciones y los argumentos que se han sucedido en ese sentido deben materializarse con nuevas políticas de acciones decididas por parte del ejecutivo, las patronales y los agentes competentes canarios.

Debo reconocer que posiblemente la orientación del objetivo intercontinental ha ido perdiendo fuelle por un conjunto de razones que convendría analizar de manera pragmática, si bien parece que el desencanto puede estar relacionado, a primera vista, con múltiples aspectos que no han sido madurados solventemente ni por nuestras autoridades ni por nuestros emprendedores, quienes no han visto en esa aspiración rentabilidades inmediatas y sí un proceso a medio y largo plazo de trabajo continuado y perseverante que quizás haya logrado achantarles, acostumbrados, como estábamos, a vivir cómodamente de las inercias del monocultivo del turismo, de un rosario de actividades auxiliares, vinculadas casi exclusivamente al sector servicios, de la “hiperconstrucción” y de las subvenciones de Madrid y Bruselas.

Ahora bien, la situación general de la economía de los países occidentales pasa ineludiblemente por el aprovisionamiento de los recursos naturales y energéticos cercanos para mantener el crecimiento que se reanudará con los famosos brotes verdes, que aparecerán, tarde o temprano, en el árbol productivo al que pertenecemos, y por el consumo de los bienes que seamos capaces de vender fuera de nuestras fronteras. Si de esa vía africana excluimos nuestra ya probada inanición industrial, debido a los sobre costes de los transportes, imprescindibles para la entrada y salida de las materias e insumos necesarios para nuestras supuestas manufacturas, y a la escasez de suelo disponible, sí que nos queda al final nuestras infraestructuras portuarias y aeroportuarias, la seguridad jurídica derivada de nuestra condición europea, una Zona Especial bonificada y nuestra capacidad de albergar confortablemente a aquellos huéspedes, tanto físicos como institucionales, que sí están interesados y bien pertrechados para interactuar con África, tal como lo hacen ahora mismo EE.UU., algunas potencias de la UE o de Asia y Sudamérica.

Si nuestra experiencia de calado no pasa por el comercio ni las mercaderías, ¿por qué no sacar un rendimiento añadido al progreso que Europa nos ha proporcionado, a nuestra situación geográfica y a nuestro bagaje turístico? ¿Por qué no orientar a nuestras universidades hacia las especializaciones de la intermediación financiera, la gestión de la cooperación al desarrollo (muchos millones de euros librados por países donantes y organismos multilaterales), al estudio de los mercados emergentes vecinos, a los idiomas, a la investigación, la documentación y difusión de las culturas y civilizaciones africanas y a la organización de foros de concertación internacional relacionados con el continente?

Pienso que necesitamos reubicar y relanzar esta asignatura pendiente que estadistas locales precedentes, algunos desgraciadamente fallecidos, sí que supieron valorar con claridad y con una lúcida e inequívoca visión de futuro.