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Desapariciones > Salvador García Llanos

   

Las cosas no son inmutables o no duran toda la vida, solemos decir de vez en cuando. La continuidad, la perdurabilidad, desde luego, depende de los propios humanos, de su voluntad, de su capacidad, de su empeño. Hay cosas que se transmiten bien, con naturalidad y los sucesores o los herederos prosiguen una trayectoria, aunque introduzcan algunas variantes o innovaciones, a menudo impuestas por las modas o los usos sociales. En otras ocasiones, no: no hay forma de que haya continuidad, se asiste al abandono, a los cierres, a las desapariciones. Se trunca la historia, en definitiva.

En un rápido ejercicio de memoria, podemos contrastar que el Puerto de la Cruz, a lo largo de las últimas décadas, ha ido perdiendo señas de su identidad en muy variados órdenes: recreativo, deportivo, cultural o social. En algunos casos, se podrá echar la culpa a la crisis, desde luego; pero, en otros, se prueba la amargura de la desidia, de la falta de compromiso, de lo acomodaticio, de la incapacidad y de la falta de cariño por las cosas propias.

Baste poner el ejemplo de la pesca artesanal, un sector productivo en el que no se ha producido un relevo generacional. Salvo contadas excepciones, aquel medio de vida para tantas familias portuenses dejó de serlo. Normas, restricciones, exigencias, sacrificio, desmotivación, insuficiencia en la formación, carencia de voluntad e inadaptación a nuevas técnicas han ido liquidando el sustento marítimo.

La estación de guaguas, en pleno polígono San Felipe-El Tejar, es un espacio físico que, por problemas estructurales del edificio, pasará a mejor vida. Ahora mismo, presenta el aspecto de cualquier inmueble cerrado, sin funcionar, abandonado.

Algo similar ocurre con el parque San Francisco, hasta hace muy poco recinto polivalente donde quedaron registrados acontecimientos de todo tipo, algunos de indiscutible notoriedad. Su obsolescencia ha ido in crescendo hasta el punto de que su inutilidad es manifiesta.

Cerraron sus puertas los cines -como si hubieran querido seguir la estela de aquel inolvidable teatro Topham o del popular cinema Olympia- y hay que agradecer los intentos de remodelación por parte de promotores privados para darles en nuestros días otra funcionalidad.

Perdimos, por distintas causas, convocatorias memorables, como aquel circuito automovilístico que llevaba el nombre de la ciudad y que a finales de los años sesenta del pasado siglo tuvo como marco primero el sector de Martiánez y luego las modernas y anchas vías del polígono San Felipe-El Tejar, por donde creció la ciudad. En el deporte, desde luego, nos hemos ido quedando sin equipos que proporcionaron jornadas de gloria en sus modalidades y categorías: Ucanca, de baloncesto; juvenil Taoro, juvenil San Felipe, Once Piratas y Puerto Cruz Atlético, jugando ante centenares de aficionados en un Peñón todavía de tierra.

Cayó también el Maritim Puerto Cruz, que llegó a militar en la división de honor de balonmano; y hace apenas unas semanas asistimos al funeral por la desaparición del equipo de waterpolo del Club Natación Martiánez, al cabo de dieciocho años en el primer estrato nacional de la disciplina.

Dijimos adiós en su día al conocido Casino de los caballeros, en la intersección de Blanco con Iriarte, donde se reunían los mayores que disfrutaban de los juegos de mesa y hablaban de lo que se podía hablar entonces. Tampoco ha habido suerte con las entidades que dispusieron de una sede o un local estable, como el Cima Club o el Club Juvenil Peñita. Algunas asociaciones vecinales, por otro lado, ya son historia.

De los programas de fiestas han desaparecido números como una cabalgata anunciadora o un baile de postín como cuentan que fue el de Blanco y negro. En hablando de fiestas, nunca más se supo de las de Cuaco o aquellas de El Ancón, con su peregrinaje de gente de toda condición hasta el célebre arco.

Las actividades de la Cruz Roja en la primera semana de cada diciembre se echan tanto de menos como los afamados conciertos de la banda municipal de música en la noche de los jueves, aunque hiciera frío a raudales.

Dos colegios, donde se formaron varias generaciones de portuenses, duermen el sueño de los justos, si se nos permite la expresión: en las aulas y en los pasillos del San Agustín y del Gran Poder de Dios, de segunda enseñanza, se quedan infinidad de vivencias, aprendizajes, pillerías, andanzas y amores tempranos.

Y donde se coleccionan desapariciones es en el ámbito de los espectáculos: el Festival Internacional de la Canción del Atlántico sólo pudo celebrar seis ediciones. Sólo hubo dos de las galas OTA que tuvieron como marco la memorable sala Andrómeda, del complejo turístico Costa Martiánez. Las dificultades económico-financieras dieron al traste con la Muestra del Atlántico, ya en plena democracia. El ejemplo más reciente es Mueca, una convocatoria artística al aire libre, en las calles peatonales y en las plazas, que gustaba a todo el mundo pero fue víctima de las circunstancias.

Otra pérdida lamentable: el Festival Internacional de Aeronáutica que llevaba el nombre de la ciudad y que era uno de grandes atractivos de las fiestas de Julio. No ha habido manera de tomar el testigo de su mentor, el inolvidable Gilbert Hermanándolo Linares.

En fin: sitios, nombres, entidades, convocatorias que ya son historia. Desaparecieron. Inevitable licencia para la nostalgia. ¡Ay, portuenses! De cuántas cosas nos hemos ido privando…