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opinión

Desesperado > Perplejita Me Hallo

   

Tras verse despojado del techo móvil que le quedaba (la grúa lo retiró de las cercanías de San Benito con motivo de las Fiestas del Cristo), Mohamed razonó que la salida menos indigna que le quedaba para sobrevivir dentro de su sobrecogedora miseria era atracar un banco (atracarlo un poquito) y entregarse. Por lo menos un par de días tendría para comer caliente y dormir bajo techo. Y con ese fin se sentó en una sucursal de Finca España a esperar que se fuera el último cliente.

Atracó el banco enseñando el cuchillo sin blandirlo, sin amenazas, en plan “por favor, permítame que lo atraque, y luego llame a la Policía a que venga a buscarme, que para eso he cometido un delito, o lo estoy cometiendo”.

El hombre no quería liarla, ni hacer daño a nadie, ni siquiera lanzar un mensaje. Techo y comida, lo único que quería asegurarse, sin tener que recurrir a los saturados servicios sociales ni a ese albergue (ese único albergue en toda la puñetera Isla) al que muchos indigentes no quieren ni acercarse por los problemas de convivencia y la fugacidad de las soluciones que ofrece.

Cuando no te queda nada, tienes que recurrir a los intangibles. La libertad es uno de ellos. Parece que nadie en su sano juicio es capaz de sacrificar su libertad a cambio de techo y comida, pero claro, ese razonamiento es fácil hacerlo con la barriga llena. Conocemos bien el riesgo y su prima, el déficit y el Banco Central Europeo. Pero sólo cuando vemos esta desesperación sabemos qué significa esta crisis atroz e interminable.