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Docencia decente > Luis Alemany

   

Publica la prensa que los profesores españoles de enseñanza Primaria y Secundaria imparten doscientas horas lectivas más que la media europea: ignora uno -con estricta precisión- si tal diferencia horaria será en Canarias tan solo de ciento noventa y nueve, por aquello de la hora menos que el huso usa, pero -así y todo- doscientas horas lectivas de más al año (o ciento noventa y nueve: no es cuestión de proponer aquí mezquindades cronológicas) no pueden por menos de parecerle a uno una monstruosidad docente, desde la perspectiva del agravio comparativo -supuestamente comunitario- de una comunidad europea cada vez menos comunitaria, cada vez más desconfiada de un burocrático temor depositado incondicionalmente en la antropofágica Banca, cada vez más arrepentida de sumarse a una resta suicida; porque doscientas horas lectivas anuales, suponen (divididas entre diez meses de curso: más bien menos que más, contabilizando vacaciones) cuatro horas más de docencia a la semana: una monstruosidad.

Posiblemente -piensa uno- la falaz perspectiva denostadora que la extrema derecha carpetovetónica ha creado a este respecto docente (le conviene hacerlo, porque solo el radical desprestigio de la cultura puede afianzar su cerril correlato) sea convencer al analfabetismo maruquil, de este triste país, de que las veinte horas (o veintiuna: hora más, hora menos, tanto monta) que un profesor pasa en el aula constituye su jornada laboral, cuando ese periodo apenas supone un cuarenta por ciento de su trabajo, al que debe añadirse las horas de estudio, la corrección de ejercicios y exámenes, las consultas evacuadas con el alumnado, las reuniones de departamento y de claustro, las atenciones a los padres de los alumnos, y -cada vez más frecuentemente- la asistencia a urgencias hospitalarias tras las agresiones recibidas de éstos o de aquéllos.

Cuando -hace ya muchos años- daba uno clase en una universidad francesa, las horas docentes semanales eran (puedo equivocarme en algunos minutos) cinco: casi la mitad del cómputo que la dictadura española nos exigía entonces a los profesores no numerarios -de cuya estructura lagunera procedía uno- para cobrar exactamente la mitad; aunque sería injusto no reconocer que el whisky costaba allí aproximadamente el doble que aquí: lo comido por lo servido; una significativa circunstancia académica que pudiera servir de referencia remota para ilustrar retroactivamente un conflicto que en Madrid se plantea hoy acuciantemente con la cínica Esperanza de soslayarlo de un plumazo, y en Canarias no sabemos siquiera si se ha planteado.