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Por Juan Bosco >

Dopamina bursátil

   

Crisis, mercados, bolsa, especulación… y el mundo hecho un casino en el que la banca siempre gana. Simultáneamente, la vida convertida en una paradoja en la que nos quejamos y pataleamos usando esas palabras mágicas que no son más que el abracadabra de la contradicción porque, mientras, llenamos restaurantes, abarrotamos los centros comerciales y continuamos tomando copas hasta el amanecer; pero cómo escuece admitirlo, con lo divertido que es quejarse. Hay miles de millones de seres humanos que no conocen la crisis a nuestra manera, pero no porque no la sufran, sino porque, desgraciadamente, ése es su permanente estado vital: nacer, vivir y morir pasando hambre y necesidad. Nuestra crisis, en cambio, es más convencional y ligera, porque nos toca el bolsillo. En ella, una minoría lo pierde todo, sí, y se une a aquellos miles de millones; la mayoría, por el contrario, conserva su casa, su empleo, sus recursos, su calidad de vida, y experimenta, quizás, cierta merma en sus disfrutes, pero poco más. Sin embargo la queja es común… Qué curiosa solidaridad. Pero existe, claro que existe, la crisis; no es, por consiguiente, una entelequia, sino el resultado de las malas artes de unos cuantos individuos echados a perder que siguen jugando al despiste colectivo con sus mañosos encantamientos, en los que no faltan esas palabras mágicas: crisis, mercados, bolsa, especulación… Repetidas cientos de veces se convierten en una especie de embrujo que hace que miremos a otra parte y no a la adecuada, de modo que, como en la caverna de Platón, sólo vemos sombras de la realidad, pero no la realidad. La mano invisible de la economía… ¿En qué estaría pensando Adam Smith? De invisible nada; si acaso no identificada, pero estar, está. Y es una mano fea, grosera y gigante; el extremo del brazo de unos tipos que sucumbieron a los delirios de la sociedad de consumo y ven el mundo como una gran máquina tragaperras. Olvidaron “ser” y volaron al “tener” como si de un viaje de fin de curso se tratara, y por eso se saltan los límites como adolescentes en una fiesta de fin de curso, enganchados a la sensación de ganar, más que al hecho de poseer, porque ya lo poseen todo desde hace tiempo. Es decir, hablamos de una tara psíquica monumental y, por tanto, de tarados, lunáticos atrapados en una estructura psicológica íntimamente relacionada con el mecanismo de la recompensa, mediante el cual el cerebro experimenta un chute de dopamina que se convierte en una terrible adicción. Sí, esto quiere decir que esos monstruos tan recurrentes en nuestros días, los mercados, son, en realidad, el síntoma de un trastorno mental que sufre una minoría, atrapada en el ansia de continuar ganando a toda costa. Se esconden en lujosos despachos, en espectaculares vehículos, en jacuzzis burbujeantes colocados… Y lo más triste de todo es que se codean con políticos, personajes ilustres y otros ejemplares de esa panda VIP que parece creer que trajo al nacer un cordón umbilical de marca. Entre todos nos suben y nos bajan, nos dan y nos quitan, y nosotros lo único que hacemos es patalear y opinar hasta la saciedad de las maneras más histriónicas, para luego depositar el voto movidos por la rabia sin pararnos a pensar. Triste destino nos espera por vivir dirigidos y manipulados por enfermos y otros que decidieron ser cómplices de sus desmanes. Esa expansión se manifiesta con el aumento de la necesidad de, en este caso, ganar a toda costa. Dopamina, no hay más. El problema es que, mientras continuamos debatiendo sobre la crisis, estos tarados se crecen y siguen manejando el mundo financiero a su antojo. Así que, ¿mano invisible? No, señor Smith, pobre gente empeñada en llenar el mundo de gente pobre.