X
FAUNA URBANA

Dos onces de septiembre > Luis Alemany

   

La rutilante conmemoración universal de la primera década de la lúgubre matanza de las Torres Gemelas de Nueva York, parece situarnos ante esa especie de morbosa histeria social que siempre ha gustado de hurgar en los vertederos de la Historia, abriendo de nuevo heridas, en las que tal vez resulte innecesario escarbar, aunque ese recuerdo conmemorativo se traiga a colación desde las perspectivas del homenaje, la solidaridad o el pretendido análisis; porque tales encomiables planteamientos suelen deambular casi siempre hacia peligrosos territorios de odio, venganza y xenofobia: por más que se proponga que los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla, esta repetición resultará inevitable cuando no depende de la voluntad de los bienintencionados memoriosos; de tal manera que las escasas (porque no hubo tiempo para muchas) celebraciones del final de la Primera Guerra Mundial no evitó que veintinueve años después estallara la Segunda, de la misma manera que la constante memoria presente de esta catástrofe americana de 2001 no evitó la catástrofe española de Atocha tres años escasos después.

No deja de resultar significativa la coincidencia en esa misma fecha del 11 de septiembre de otro acontecimiento sangriento, que se produjo veintiocho años antes de éste que ahora cumplió una década, acaparando el protagonismo conmemorativo mundial: el criminal golpe de estado de Pinochet contra la democracia chilena, que produjo muchísimas más muertes que el atentado de las Torres Gemelas , y que -sin embargo- no ha recibido, en la misma fecha de los dos aniversarios criminales, una atención conmemorativa paralela, en un incomprensible agravio comparativo, que apenas pudiera explicarse en función de la mayor inmediatez cronológica de aquél, o de la significativa redondez que proporciona una década; cuando no -y eso resultaría peligroso- por el morbo amarillo de la sociedad consumista conmemoradora, o -y eso resultaría mucho más peligroso- por los encontrados sentimientos de terror, impotencia y xenofobia, que pudieran envolver a esa misma sociedad.

Da la impresión de que esta contemplación diferencial de dos similares memorias históricas nos sitúa ante una hipocresía social, cuyo análisis en profundidad resultaría muy complejo, pero que -en primera instancia- parece proponer una disímil valoración catastrófica, en función de la común gratuidad de las víctimas de ambos atentados; de tal manera que (tal vez de manera subliminal) haya quien tienda a contemplar la catástrofe chilena como un enfrentamiento entre dos facciones bélicas, que responsabiliza a las víctimas de sus propias muertes: cuando uno investigaba la represión que sufrió Canarias, tras la Guerera Civil, muchas honestas señoras comentaban acerca de los asesinados, encogiéndose de hombros: “Algo habrían hecho”; mientras que las víctimas de las Torres Gemelas no habían hecho otra cosa que ser ciudadanos de un país criminal.