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avisos políticos

Drama y dramatismo > Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Resulta desolador comprobar que vivimos en una época de decadencia y en los prolegómenos del final de una civilización, la llamada civilización occidental. Y que seguramente en los libros de historia del futuro los años actuales serán el pórtico de un período oscuro, un período similar al de aquellos siglos que transcurrieron entre la caída del Imperio romano de Occidente y Carlomagno. Nos falta perspectiva histórica, pero las señales se multiplican. Es evidente la decadencia de la arquitectura, de la música y, en general, de todo el arte, convertido en un simple camelo de intercambio crematístico y en un paripé al servicio de inversores avispados. La decadencia se refleja en la ausencia de valores, en la crisis ética y moral de nuestras sociedades, en el deterioro de la convivencia. Y también en una extendida decadencia política, en una decadencia de las democracias que se manifiesta en sus acusadas tendencias suicidas, nihilistas o autodestructivas.

La decadencia que se muestra en el terreno de la política y que afecta a las democracias comporta perfiles característicos de una extrema gravedad. Cada vez parece más claro que las democracias contemporáneas se están suicidando y que llevan camino de convertirse en un breve paréntesis luminoso encajado entre siglos de barbarie dictatorial y autocrática. Así les ocurrió, por ejemplo, a la democracia clásica griega y a la República romana. Las democracias contemporáneas se están suicidando por el sistema de llevar hasta el paroxismo más enloquecido sus propios valores y principios, y aplicarlos sin tasa ni medida, sin atender a aquella máxima orteguiana de las circunstancias. Cuando una democracia no entiende que es ella y sus circunstancias, se extingue. Cuando una democracia se olvida de sus propios orígenes sociales e históricos, y pretende exportarse, como ocurrió con Irak y ahora está ocurriendo con Afganistán y con los Estados árabes del norte de África, desde Egipto a Libia, pone en grave riesgo su propia supervivencia.

En efecto; las democracias se están olvidando de sus propios orígenes sociales e históricos, y de que pudieron nacer gracias a la afortunada confluencia de factores sociales, culturales, económicos y políticos, que fueron producto de específicos desarrollos históricos de las sociedades occidentales y que no se pueden exportar ni mucho menos crear de la nada. La democracia no es exportable. Sucede igual que los cosmólogos y el principio antrópico nos explican que ocurre con las constantes físicas que hacen que el Universo sea como es y que pueda contener vida inteligente que lo observe. Infinitésimas variaciones en esas constantes impedirían que nosotros estuviésemos aquí para preguntarnos por qué se dio esa venturosa casualidad que nos permitió existir. En el origen de la democracia de los antiguos y en el origen de nuestras democracias contemporáneas se dieron también esas afortunadas confluencias de factores que permitieron la democracia. Y que no existen fuera del ámbito de las propias democracias.

Nos hemos olvidados de todo esto; nos hemos olvidado de nuestros propios orígenes y nos hemos persuadido de que la democracia es una especie de protocolo o prontuario de buenas prácticas que se pueden aplicar en cualquier sitio. Un conjunto de recetas que normalmente se limitan a organizar a trancas y barrancas unas elecciones más o menos presentables y permitir que concurran unos grupos que no representan a nada ni a nadie o, lo que es peor, que representan a los sectores más antidemocráticos y enemigos de nuestro mundo occidental. Al final, lo que conseguimos es entregar el poder en bandeja a unos grupos que no solamente no tienen nada que ver con la democracia, sino que su objetivo principal es destruirla y destruir nuestras sociedades. Ya ocurrió cuando los Estados Unidos destronaron al Sha del Irán y permitieron -y facilitaron- el establecimiento de una aberrante dictadura teocrática. Está ocurriendo con las revueltas árabes que hemos patrocinado, y ha llegado al paroxismo con el derrocamiento del coronel Gadafi por un ejército improvisado de desarrapados y viejos turismos, que no hubiese tenido la menor posibilidad de no haber sido armado y equipado por la OTAN, y de no haberse producido los masivos bombardeos aéreos y navales, y hasta la actuación de comandos especiales sobre el terreno.

La coartada ha sido proteger a la población civil de los pretendidos ataques gadafistas. Sin embargo, la guerra y los bombardeos han originado infinitamente más víctimas y más violaciones de los derechos humanos. Y, mientras tanto, el presidente sirio masacra a su población, patrocina el terrorismo en El Líbano, Gaza y los territorios palestinos, y la ONU y la OTAN se conforman con advertirle amigablemente que haga el favor de portarse bien.

Túnez y Egipto soportaban regímenes dictatoriales, por supuesto, porque en esas sociedades es imposible que exista otra cosa. Pero eran unas dictaduras colaboradoras de las democracias, que contenían el islamismo radical. Y su única alternativa electoral es precisamente este islamismo. El régimen libio era una dictadura extravagante y salvaje, indefendible en términos democráticos y, por consiguiente, muy incómoda para todos. No obstante, paradójicamente, también era una fundamental barrera de protección de las democracias frente a Al Qaeda y al fundamentalismo islámico, una barrera de protección que las propias democracias han destruido. Y eso que, al parecer, había abandonado sus actividades internacionales de promoción del terrorismo, suministraba con puntualidad grandes cantidades de petróleo a las potencias occidentales y estaba cumpliendo razonablemente su compromiso de controlar la emigración ilegal a Europa desde su territorio.

En su irresponsable locura autodestructiva, las democracias han conseguido derribar los muros de contención que las protegían del fundamentalismo islámico y crear las condiciones para la implantación en nuestra frontera sur de regímenes de esa tendencia. El nuevo Gobierno libio ha anunciado que Libia será un Estado islámico y la Sharía la fuente de sus leyes. Y nuestro flamante embajador se ha apresurado a manifestar que “no hay que dramatizar porque Libia no sería el primer país en adoptar la Sharía”. No, claro, y por el camino que vamos tampoco será el último. El embajador tiene razón. Es cierto que no hay que dramatizar, la situación ya es suficientemente dramática.