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análisis

El civismo, un revulsivo imprescindible > Leopoldo Fernández

   

La última Junta de Gobierno del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife ha decidido aplicar mano dura a los comportamientos incívicos y gamberros en el término municipal. Y tras recordar a los vecinos que siguen vigentes un puñado de ordenanzas dictadas al efecto, ha abierto varios expedientes sancionadores por atentar contra las normas de convivencia al, entre otras cosas, abandonar residuos en las aceras, defecar y orinar en la vía pública, realizar prácticas exhibicionistas y arrojar papeles a la calle.

Me parece de perlas que el alcalde y su equipo de gobierno tengan especial sensibilidad con la práctica de los buenos modales y el cuidado de la imagen de la capital para que ésta ofrezca su versión más cívica, limpia y atractiva. Pero, seguramente buena parte de los ciudadanos desconocen el alcance real de tales ordenanzas, incluso las de protección del medio urbano, limpieza en espacios públicos y policía y buen gobierno, que soportan el mayor porcentaje de infracciones. ¿Es de general conocimiento, por ejemplo, que la Policía Local puede multar por arrojar colillas a la calle, llevar los perros sueltos o no recoger sus excrementos, ejercer la mendicidad, proferir tacos y palabrotas, hablar en voz alta, realizar actos contrarios a la moral, consumir bebidas alcohólicas en la vía pública, dejar vehículos abandonados o pintar en muros, paredes, puertas y mobiliario urbano?

Como la casi totalidad de las ordenanzas proceden de los años ochenta e incluso antes, sería conveniente su actualización y posterior divulgación no sé si mediante bando del alcalde, comunicación a las asociaciones de vecinos, campañas publicitarias, o con todos estos medios simultáneamente. Algunos municipios peninsulares disponen de ordenanzas específicas de civismo abiertas a puntuales sugerencias e iniciativas ciudadanas y también de teléfonos públicos gratuitos para la denuncia incentivada de actos vandálicos o similares. Igualmente funcionan departamentos de Participación Ciudadana para la mejor comunicación entre autoridades y vecinos y para contribuir a que el civismo se convierta en un hábito, una cultura y un comportamiento solidario en favor de la ciudad. Tal vez sería bueno estudiar algunas iniciativas de municipios afines y tomar de ellas lo que más convenga. La ausencia de normas, su desconocimiento parcial o total y la falta de medidas ejemplares suelen conducir a la indiferencia, el pasotismo y la anomia; se implanta así el olvido automático de ciertas obligaciones ciudadanas, como el cuidado de los bienes colectivos y el compromiso con una ciudad limpia, amable, solidaria, respetuosa con su patrimonio, abierta a todos y por todos querida en un ejercicio responsable de libertad y obligación solidaria.

La ciudad no es un ente vacío y sin alma sino una fuerza colectiva que, con leyes y normas en el corazón de todos sus habitantes, da origen a ese espíritu compartido que todo lo baña, lo modela, lo dignifica y lo engrandece, como soñaba Ganivet. Una ciudad bien organizada, cuidada y atendida, con unos servicios e infraestructuras adecuados y unos recursos humanos y naturales atractivos, propicia una convivencia más agradable y constituye un valor añadido para el turismo que nos visita, al aportar un plus de calidad, amabilidad y competitividad. En este orden sería muy importante la mejora de las políticas que incentiven la seguridad, la accesibilidad, la calidad ambiental y alimentaria, la información de todo tipo, la presencia y atención policial en la calle, las actividades de ocio y entretenimiento, la mejora del transporte público, el acercamiento de los barrios… Estas propuestas deberían ampliarse a todas las ciudades y pueblos de las Islas, para hacer de Canarias un lugar mejor, más seguro y atractivo, más limpio y acogedor.

En beneficio de todos y también cara al turismo, aparece como importantísima la imagen que presenta la ciudad, tanto o más que la oferta de ocio y servicios. Por eso parece obligado empezar por concienciar a los ciudadanos de lo más fácil y próximo, que es la amabilidad en el trato y el cuidado del patrimonio colectivo, con una limpieza a toda prueba, precios razonables y ponderados, una oferta cultural y de ocio imaginativa, unos servicios públicos bien cuidados y la erradicación del gamberrismo y la incivilidad. Decía Campoamor en uno de sus versos admirables que “es la esencia mejor de la belleza/ el olor sin olor de la limpieza” y a fe que de poco sirven muchos de nuestros atractivos paisajísticos y naturales si parte de lo que alcanza la vista cada día es mancillado con pintadas y grafitis, si calles y fachadas aparecen sucias y ajadas por el descuido, si algunas vías públicas están mal señalizadas o se hallan en mal estado, si los papeles y las basuras son abandonados al buen tun tun y si los malos olores cerca de contenedores o en lugares de tránsito se perciben con relativa frecuencia. Para acabar con estas prácticas inaceptables sería conveniente llegar a acuerdos generales, vía Fecam o Fecai, aceptados por todos los municipios e islas y respaldados por el Gobierno y el Parlamento. La urbanidad y la buena educación no son cuestiones menores en la vida de los pueblos, sino el mejor compromiso de ciudadanía. Soy absolutamente partidario del diálogo y el entendimiento; pero rebosado el vaso de la comprensión y la paciencia, tal y como están evolucionando las cosas resulta muy urgente poner coto al visible y progresivo deterioro que presentan nuestras ciudades mediante la rigurosa aplicación de las ordenanzas o, en su caso, con la elaboración de otras nuevas y la sistemática y rigurosa persecución de quienes son mal ejemplo para todos.

Aunque a algunos pueda asustarles, el modelo es Singapur. Esta ciudad-Estado de casi cinco millones de habitantes constituye la mejor propuesta mundial de conservacionismo. Allí el que la hace, la paga. Por ejemplo, masticar chicle en la vía pública o arrojarlo a la acera es sancionado con multas entre 150 y 1.000 dólares; arrojar basura o escupir en la calle, entre 500 y 1.000 dólares; no cruzar por el paso de peatones, 29 dólares; comer o beber en el metro, 2.100 dólares; pintar grafitis, 2.360 dólares; dejar sin recoger las deposiciones de los perros, 2.941 dólares… Si alguien no quiere o no puede pagar la multa, viene obligado a realizar trabajos de limpieza en calles, parques públicos y playas con uniformes distintivos a modo de reprobación social. ¿Se imagina el lector si los enormes beneficios que obtendríamos aquí, en Canarias, si se aplicaran unas normas de convivencia de similar severidad?