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a contracorriente

El coste del bienestar > Enrique Arias Vega

   

Recorría las salas del inacabable y grandioso museo ruso del Ermitage, subyugado ante tanta belleza artística.

En cierto momento, al pasar junto a objetos embalados sin aparente protección, alguien comentó a mi lado: “Parece que se los llevan para venderlos”. Se suscitó entonces la discusión de si la hipotética liquidación de su patrimonio artístico podría salvar de la quiebra a algún país; más en concreto a Grecia.

El debate no fue baladí. “¿Por qué no podrían vender los griegos el Partenón, por ejemplo, para pagar su deuda?”, preguntó entonces una amiga.

“Eso sería como perder la dignidad colectiva”, replicó otro. “Pues la Junta de Andalucía tuvo muchos años en prenda la Casa de las Conchas, de Salamanca, y nadie se rasgó las vestiduras”, apostilló un tercero.

La discusión se generalizó y hubo quien recordó la novela Las sandalias del pescador, de Morris West, donde un Papa de ficción, Cirilo I, se desprendía de los tesoros del Vaticano para paliar la hambruna del mundo.

No hubo acuerdo entre mis interlocutores, por supuesto, pero sí que quedó planteada la gran cuestión: ¿qué vale más, la dignidad nacional o el bienestar material?
De eso se trata, en el fondo, en el drama de Grecia y en los que le pueden seguir. Los ciudadanos de aquel país se niegan a vivir peor que hasta ahora, aunque lo hayan estado haciendo tramposamente, por encima de sus posibilidades.

Pero ¿qué sacrificio están dispuestos a hacer, no ya para mantener su nivel de vida, que es imposible, sino para recuperarlo en un futuro?

Por lo visto en manifestaciones callejeras, bien poco. Y es que, allí como aquí, nos hemos habituado a creer que solo tenemos derechos sin contrapartida alguna.