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El Hierro de Alpidio > Víctor Álamo de la Rosa

   

Ciclano está de vuelta, oigan, que también tiene derecho a vacaciones, merecido descanso de insomne, porque resulta que el Ciclano acaba de ser padre y por eso entre unas cosas y otras el hombre no acertaba a quedar conmigo para echarnos nuestras conversaciones. Se equivocaron los que pensaron que le habían dado un fatídico tiro por la espalda, matándolo para siempre, y se equivocaron incluso los que pensaron que mi amigo Ciclano había perdido las ganas de hablar, porque el hombre lo que había hecho es largarse a la Isla Menor, trasunto de El Hierro, marcharse a esa isla bonachona y pacífica ahora llena de seísmos o sismos, tanto monta, porque ambas acepciones las registra el diccionario.
Y me vino el Ciclano alabando las excelencias de la Isla del Meridiano, que allí todavía se descansa y se respira aire y se comen viejas y morenas y camarones y lapas de esas que nos dejan el regustito feliz repiqueteando en el paladar de la memoria, y me dijo que fuera al restaurante Brisas de Asabanos, en Valverde, porque le habían premiado un plato que es pez gallo con salsa de burgados que estaba para infartarse de lo bueno de lo bueno que estaba. Yo le dije que le haría caso, por supuesto, pero que tenía que contarme qué demonios estaba pasando en El Hierro, porque si Ciclano se había ido hasta allá (aunque el pasaje de Binter a la isla sea jodida y estúpidamente caro) para disfrutar de su placidez de otro mundo, no me explicaba cómo se le había llenado la isla, desde el Faro de Orchillas hasta Sabinosa, vuelta completa, de seísmos o sismos, que tanto monta, sacudidas terremotas que pasaron por el Cabildo de El Hierro y lo fracturaron y donde estaba un Belén puesto, casi todo navideño, va y resulta que ponen a un Alpidio. Cosas de los seísmos que, según los especialistas, acercan la isla a una fase pre-eruptiva, dicho esto con susto. Y yo le dije a Ciclano que para mí al menos algunos volcanes de la paciencia ya se habían erupcionado toditos, porque cuando uno habla con las gentes herreñas a casi nadie le parece mal el cambio, siempre dicho con la boca chica, porque en los sitios pequeños es así, digo yo que por culpa de alguna reminiscencia del franquismo y los miedos.
Pero a casi la mayoría le apetecía un cambio, después de tantos años de gobierno de AHI, con sus vicios y virtudes, había como una ganita de aire nuevo y un a ver qué pasa ahora, porque el Cabildo de El Hierro, como la inmensa mayoría de administraciones públicas canarias, tampoco escapa a grandes agujeros económicos y deudas producto de la mala gestión. El Hierro, esa isla llena de misterio, que tiene incluso a un novelista que escribe que la isla no es una isla sino en realidad el gran cuerpo varado sobre la mar de un lagarto dinosaurio, está en realidad llena de fantasmas, amables fantasmas que sin embargo son muy reales y que uno hasta se encuentra por sus calles y plazas. Y hasta Ciclano me confesó que se vio a varios, uno al que le dicen Eligio Hernández y otro al que le dicen Manolo Guerra y que uno es del PSOE y que el otro es del PP, vaya casualidad, y que aunque no estén siempre están porque a herreños a ellos no les gana nadie.
Los lugareños, casi secreteando, me contó Ciclano, dicen que el terremoto (o moción de censura, que por ambos nombres se conoce) también pasó por las manos de estos dos grandes próceres de la isla, y que un novelista de la isla le había dicho que al menos ahora, teniendo de presidente a un Alpidio con ganas, nadie le diría que utilizaba nombres raros para los personajes de sus novelas. Yo, la verdad, me fui a la agencia y me saqué el billete de avión para ir a ver en vivo cómo son esos seísmos herreños.