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sin complejos

El Papa y la Constitución > Fernando Fernández

   

Terminó agosto con la presentación de una moción de censura en el Cabildo de El Hierro. Mal, muy mal estamos cuando la politiquería y el navajeo ha llegado a la isla del meridiano, la única que se había mantenido relativamente inmune a las trapisondas que nos acongojan.

En julio me despedí de este espacio, al que hoy regreso, después de las vacaciones, reivindicando la Política, con mayúscula, para recuperar los valores que hicieron posible el restablecimiento de la democracia en España, hoy tan seriamente deteriorados. Escribí el 24 de julio que “es tan imprescindible como urgente recuperar el prestigio de los cargos públicos al servicio de la política, de lo contrario el deterioro de nuestra democracia seguirá acentuándose inexorablemente”. Mala noticia, pues, lo de El Hierro y atención al Cabildo palmero después de las elecciones generales. Agosto fue siempre un mes en blanco para el análisis político, en el que nada ocurre mientras el país oficial está de vacaciones. No ha sido así este año, en el que no ha habido un solo día sin sobresaltos o sin graves contratiempos.

España padeció durante una semana negra el vértigo de caer en el precipicio de la quiebra. Con el presidente del gobierno en un vayviene de Madrid a Doñana y de Doñana a Madrid; con la vicepresidenta económica de vacaciones, incomunicada en la Italia alpina y rescatada por un helicóptero de Berlusconi para que pudiera regresar urgentemente a Madrid, y el líder de la oposición descansando en su Galicia natal.

Entre el aluvión de noticias que hemos padecido estoicamente hay dos que representan, en mi opinión al menos, un soplo de esperanza. La visita del Papa Benedicto XVI, para acompañar en Madrid a una multitud de jóvenes, y el acuerdo de Zapatero con Rajoy, es decir, entre el PSOE y el PP para reformar la Constitución, hechos tan distintos en su esencia pero extraordinariamente relevantes, tanto por su significado como por lo inédito de ambos. Al primero, a la visita papal, dedicó una brillante reflexión Mario Vargas Llosa, publicada en El País; y sobre la reforma de la Constitución, en el mismo periódico hemos leído un análisis del mejor Felipe González, que sigue siendo tan didáctico como siempre y el buen comunicador que nunca dejó de ser. Soy poco adicto a la televisión pero durante la estancia de Su Santidad en Madrid me he pasado horas atento a la pantalla, no tanto por escuchar al Papa, que también, sino por ver a una multitud de jóvenes, cientos de miles, un millón o dos, muchísimos en todo caso, sonrientes, contentos y con la mirada limpia, unas caras que trasmitían una alegría inusitada y ningún odio o rencor. Con una juventud así, sentí que las cosas en el futuro podrían ir mejor de lo que nos tememos y me sentí muy reconfortado.

El acuerdo entre socialistas y populares para reformar la Constitución demuestra lo que ya sabíamos pero no se había visto en estos duros y tristes años. Que en la actividad política, cuando se quiere, se puede. Más allá del momento y las formas, bienvenido sea, aunque llegue tarde, con unas elecciones en puertas y se anunciara de mala manera y casi de tapadillo.

Pero el acuerdo para una reforma exprés de la Constitución alienta la esperanza de que gobierno y oposición sean capaces de empujar juntos en la misma dirección, para auparnos del fondo del pozo y alumbrar una esperanza al final del túnel de esta maldita crisis que se nos hace eterna.