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El que avisa de que viene el tranvía > Manuel Iglesias

   

Quienes caminen por ciertas calles de Santa Cruz podrán observar uno de los oficios remunerados más singulares en Tenerife, que se desarrolla a los ojos de todo el mundo y respecto al que nadie parece notar lo notable de la función que le compete.

Se trata del avisador de que viene el tranvía. Pude verlo en activo hace poco en la avenida Islas Canarias, antes de General Mola, en el tramo próximo al Gimnasio en Forma y su operatividad sin duda que tenía fundamento.

Por la zona estaban trabajando la máquina cortacésped y varios operarios y nuestro protagonista era el encargado de anunciar cuando se aproximaba un tranvía, ya que por allí hay una curva que reduce la visibilidad, lo que daba pie a la consiguiente movilización del personal, dando un bandazo en un sentido otro según de dónde le llegara el peligro.

Necesario, lo era. Y práctico, también. Pero no me digan que no es un oficio bonito uno en el que el cometido principal es avisar de que viene un tranvía.

Y ya se sabe que las cosas, como sucede con las enfermedades, llegan a tomar consistencia de realidad cuando adquieren un nombre. Por ejemplo, lo de que “me duele en los huesos” no se lo paga la Seguridad Social hasta que alguien llega y dice que aquello en realidad es el “síndrome de schopenhauerkartoffen” -si tiene un marchamo extranjero, mejor- y a partir de entonces le pagan el tratamiento y se puede presumir en las tertulias de padecer algo raro y no meramente de que los años te avisan de que hay cosas que ya no se renuevan a la misma velocidad que antes. Miren la expansión social que ha tenido la depresión, sin nombre hasta hace unos años y que todo lo más era “angustia vital” en los sesenta.

Por lo tanto, dado que el oficio existe, más tarde o más temprano tendremos la categoría laboral del “avisador de que viene el tranvía”, que seguramente será un cargo muy buscado si se tiene en cuenta la relación con el esfuerzo que conlleva. Y llegaremos al paso siguiente, el de considerar que el nombre socialmente tal vez necesite algo más de aprecio a través de la debida rimbombancia y pasaremos a conocerlo por algo así como “Técnico en alarma por la llegada de un vehículo sobre carriles”. Ello dará pie a su incorporación o bien a FP, o, si en un avance tecnológico se llega a realizar cursos de manejar banderitas, -y no digo nada si le dan un pito- a un rango universitario, que derivará a la constitución de un colegio profesional que como todos tendrá su función principal en vetar el acceso a la profesión a los llegados de otros países.

Y, entonces, nuestro protagonista si que podrá caminar con la barriga por delante, por la curva enfrente del Gimnasio En Forma, con los pulgares introducidos en los sobacos del chaleco reflectante, orgulloso a la vista de los transeúntes y con la autoridad inherente a sus conocimientos y a su responsabilidad.