X
Por Domingo-Luis Hernández >

El traidor

   

Primera escena: Mijaíl Dostoyevski y María Fiodórovna es un matrimonio que tuvo la osadía de concebir siete hijos. El segundo de ellos es uno de los más extraordinarios narradores de cuantos han existido y acaso existirán en este mundo: Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Lo que cabe resaltar de la concreta situación vista es el papel que cada miembro de esa entidad representa: la suprema autoridad del padre (que luego Freud estudiará para el caso) y el papel conciliador de la madre. Madre protectora contra el padre castrador. Trama fálica inversa que hace sufrir al hijo Fiódor la severidad indiscriminada, el sojuzgamiento y la humillación.

El principio de la castración dicha tiene su asiento en semejante asunto. De donde, que el hijo se planteara íntimamente dar muerte al padre, no es extraño. Cuando Freud estudió el caso (“Dostoievski y el parricidio”, en Psicoanálisis del arte) dijo: asesinato hacia adentro, manifestación pusilánime hacia fuera. De lo que se sucede sadismo frente a masoquismo, o masculino (padre) frente a femenino (madre). Es decir, nos encontramos ante las figuras en lucha (que luego Nietzsche rematará) del Yo frente al Super-yo. O lo que es lo mismo: sujeto único que informa e impone el castigo y sujeto singular objeto de la auto-flagelación.

En el año 1837 María Fiodórovna muere víctima de la tuberculosis. Doble consecuencia: Mijaíl Dostoievski cae preso de la depresión por su mala conciencia y con ello el alcohol y la enajenación. Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, el hijo, siente la doble consecuencia de la muerte de su protectora y de la exacerbación del padre tiránico. En ese año de 1837, el hijo ingresa en la academia militar de ingenieros de Moscú; el padre se revuelve en la propiedad ganada tiempo antes en las afueras de Moscú. Así hasta el año 1939. El 8 de junio de ese año a Fiódor Mijáilovich Dostoyevski lo sorprende una noticia: su padre ha sido asesinado en una revuelta popular.

¿Quién carga con la culpa de ese asesinato, los rebeldes que se enfrentaron a la tiranía del amo o el hijo que hubo de haber esgrimido la daga del parricidio por su condición de ofendido, de castrado? El Super-yo gana en esa lucha e infringe al yo singular Fiódor Mijáilovich Dostoyevski el más espantoso castigo, por no actuar él en contra del padre y por haberle robado otros su actuación es contra el padre. Es la angustia del traidor no satisfecho. Segunda escena: 22 de diciembre del año 1849: los condenados a muerte son puestos frente al pelotón de fusilamiento. Fiódor Mijáilovich Dostoyevski oye “¡preparados!” y “¡apunten!”, pero no “¡fuego!”. La pena de muerte por pertenecer al grupo de utopistas y nihilistas intelectuales, al grupo revolucionario “Círculo Petrashevsi” había sido conmutada por cadena perpetua y trabajos forzados en Siberia. El director de la cárcel donde se encontraba guardó la contraorden y procedió del modo en que procedió como correctivo. Y a esa tortura manifiesta, sigue la humillación, la severidad y el escarmiento. El que tuviera una carrera militar meritoria del año 1837 a 1844, ahora será soldado raso y morderá el polvo bajo la presión de una bota superior en Kasajistán. La posición militar (encarnación suprema del macho) había sido abandonada por la literatura, por la ficción. ¿Ahora qué? Sufrir hasta la amnistía. ¿Y qué? La traición se especializa: el antiguo liberal y revolucionario sale de Kasajistán en el año 1854 convertido en un prudente cristiano y redimido por el amor.

Cabe otro añadido a la traición: el rechazo de sus ideas políticas y del socialismo en dos obras extremas entre sí: Demonios y Diario de un escritor. ¿Dónde está lo autobiográfico, en la ficción de Demonios o en la cercanía objetiva de Diario de un escritor?

Deploro la idea de la enfermedad como sustento de escritura. Añado que las circunstancias marcan y que las circunstancias construyen, porque nadie puede escapar a las circunstancias, como le ocurrió al gran Fiódor Mijáilovich Dostoyevski. Lo cual quiere decir que las dos escenas vistas dan con tres inventos primorosos, sustanciales, extraordinarios, sorprendentes, inquietantes e imprescindibles para los hombres: Crimen y castigo, que cuenta la contradicción dicha entre el Super-yo y el Yo; Demonios, que fundamenta la entraña de la traición y crea uno de los esquemas narrativos más sustanciales y recurridos del moderno: la novela del testigo; y Los hermanos Karamázov, el último punto del conflicto emocional, de las encarnaciones caracterológicas y del parricidio. ¿Quién es el sujeto real?, nos preguntamos, ¿el Dostoievski traidor o la monumental fábrica de personajes de esas tres novelas?, ¿Dostoievski o el bipolar Ralkólnikov de la primera, el inquietante Verkhovensky de la segunda o Dimitri Fiodórovich Karamázov?