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lunes mineral

Especialización profesional > Salvador García Llanos

   

La falta de especialización de los profesionales del sector turístico que señalan desde ámbitos especializados de Andalucía como un factor preocupante para afrontar con solvencia los tiempos que se avecinan es homologable en Canarias, según hemos escuchado a empresarios y expertos que insisten en unas mejores prestaciones como soporte de captación y fidelización de clientela.

Se trata de una carencia formativa que tiñe de incertidumbre la necesidad de dar respuestas apropiadas a las nuevas tendencias, a las exigencias de los mercados y a las contingencias de éstos, como pueden ser las afluencias motivadas por situaciones de inestabilidad interior en otros destinos competidores que generan los flujos de “clientes prestados”.

Son oportunidades que deberían ser aprovechadas porque tales destinos se van a recuperar y surgirán otros que, por cercanía, ofertas, mano de obra barata y otras circunstancias serán seria competencia. El turismo, en todos lados, se revela como sector productivo fundamental para timonear y remontar la recesión. Incluso, pese a las excepciones, aparenta la fortaleza necesaria como para que los vaivenes económico-financieros no lo afecten demasiado.

El problema, como decimos, no es nuevo en las Islas. Consta la inquietud de algunos empresarios que, con el paso del tiempo, se ha tornado en un problema cuya solución se demora en exceso: ni sus apelaciones ni las acciones emprendidas por los actores sociales y la propia Administración han cristalizado favorablemente. Seguro que se ha avanzado en muchos aspectos pero aún seguimos percibiendo quejas o lamentos sobre limitaciones en el manejo de idiomas, atención al cliente y dominio de las nuevas tecnologías.

Así las cosas, es consecuente plantear que los programas formativos se adapten a la realidad empresarial. Si, en general, los planes de estudio deben orientarse hacia mercados laborales donde yacimientos de empleo están basados en contenidos especializados, es natural que, si se quiere fomentar la empleabilidad, se haga hincapié no sólo en la sensibilización sino en la dotación de acciones formativas sólidas y bien sistematizadas. Por ponerlo con ejemplos: si se quiere completar una auténtica oferta cultural o gastronómica, no bastará con voluntarismos que expliquen superficialmente excelencias patrimoniales o culinarias: se debe estar a la altura para hacer creíble esa oferta, para sustanciarla y enriquecerla. Sería descorazonador que las más recientes corrientes favorables en el sector, en Canarias, apenas fueran de utilidad, apenas sirvieran para incrementar la contratación laboral en un porcentaje seguro que insuficiente para la demanda existente. Seguro -retomando los ejemplos anteriores- que siguen existiendo dificultades para el empresariado a la hora de encontrar mano de obra probadamente cualificada, principalmente para los cometidos que exigen ciertos niveles y que, por no disponer de los mismos, obliga a dejar plazas vacantes, frenar el desarrollo de la empresa o recurrir a profesionales de otras latitudes.

Malo, pues, si se prolongan estas descompensaciones formativas porque condicionan las opciones de despegar, de lograr un producto turístico diferenciado que, en la diversidad insular y con sus bondades climáticas, ha demostrado una notable capacidad de resistencia. La especialización profesional empieza, entonces, a ser una exigencia, algo más que una recurrente formulación para salir del paso y que ya otros resolverán.