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ME PAGAN POR ESTO > POR ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ

Europa zombi

   

Después de una horrible semana bursátil en la tarde del pasado viernes circulaban insistentes rumores sobre una noticia que todo el mundo sabe que se producirá tarde o temprano: Grecia haría default (declararía oficialmente su incapacidad para afrontar sus pagos) en las próximas 72 horas. La dimisión del economista jefe del Banco Central Europeo, Jürgen Stark, cebó aun más la aterrada chismografía. ¿Qué ocurrirá cuando Grecia haga default, sea mañana, sea dentro de una semana o un mes? Bueno, la secuencia resulta bastante predecible: los bancos griegos quiebran, se imponen corralitos, los bancos europeos lastrados por deuda griega (alemanes, franceses y austriacos, sobre todo) reciben un torpedo terrorífico en sus balances, sin descartar en absoluto que alguno que otro entre en bancarrota y deba ser rescatado o nacionalizado, y la pastizara que para estos efectos deberán aportar los gobiernos alemán y francés los disuade de seguir apoyando a Irlanda, Portugal, Italia y España, que a partir de entonces no encontrarían quien comprase su deuda ni regalando un juego de cubertería con cada letra del Tesoro. Mientras se cuece este apocalipsis la élite política europea sigue jugando a las casitas del rigor presupuestario y el recorte del gasto público; en el caso de España, socialdemócratas y conservadores se dedican a reformar la Constitución en una semana, que viene a ser como ponerse a componer una tragedia griega mientras comienza un terremoto. Una reforma que ha eludido el consenso parlamentario con las minorías y ha despreciado la consulta popular, que es técnicamente una chapuza y que no tienen absolutamente ninguna repercusión en la coyuntura económica actual, y a la que el señor Juan Fernando López Aguilar, en un artículo bochornoso, exalta como la constitucionalización del espíritu europeísta en nuestra Carta Magna.

La socialdemocracia está perdida en el laberinto de su desidentificación política e ideológica. Ciertamente no gobierna en la mayoría de los países de la UE, pero desde la oposición se ha sumado, a menudo con disciplinada pasión, a las políticas económicas y fiscales de conservadores y liberales. Está enterrando así la legitimidad social y cultural de su proyecto político. El resto de la izquierda muestra una actitud penosa. Básicamente consiste en proclamar que no hay otro problema que una conspiración universal del capitalismo para acabar con el Estado de Bienestar: una minucia que no podrá resistir la voluntad flamígera de algunos millares de pancartas. Recuerdo perfectamente que hace veinte años la izquierda de la socialdemocracia despreciaba y vilipendiaba el Estado de Bienestar como una añagaza material e ideológica del capitalismo para garantizar la reproducción del sistema económico y su articulación política. Y no hace tanto tiempo fuerzas ecosocialistas insistían en que los sistemas públicos de bienestar social de Europa y Estados Unidos estaban basados en la explotación feroz y criminal del centro sobre los recursos económicos y energéticos de la periferia global. Ahora no. Ahora Keynes es, de repente, lo que nunca fue, un socialdemócrata con una varita mágica para domesticar los mercados y el capitalismo ayer, hoy y mañana.
No sé si se hubiera reído o se hubiera horrorizado, pero en el mercado de los ideologemas del progresismo blogosférico hay respuestas para todo: esto se supera con una reforma fiscal progresiva, la supresión de los fondos públicos a la Iglesia Católica o de las sociedades de inversión, la expulsión de los Borbones, la recuperación del impuesto de sociedades, la renuncia a utilizar automóviles o el regreso a la agricultura (ecológica). Citan mucho al bueno de Krugman, cuando Krugman, como puede comprobarse en su propio blog, o en cualquier entrevista, toma muchas precauciones a la hora de pronunciarse sobre la economía europea. Aunque presenten similitudes y conexiones obvias (no en vano esta es la primera gran crisis de una economía financiera ampliamente globalizada) las diferencia de las particularidades (y potencialidades) de la economía estadounidense y la de la eurozona son bastante evidentes, en términos de producción, productividad, capacidad científica y tecnológica y demografía. Otro de sus santones es el muy apreciable Vicens Navarro, que insiste una y otra vez que España tiene un gasto social sobre su PIB por debajo de la media europea, aunque el profesor de la Universidad Pompeu Fabra no suele distinguir entre gasto o inversión: son muchos miles de millones de euros lo que gasta el Estado español (y las comunidades autónomas) en ayudas y subvenciones no productivas y en absoluto relacionadas con infraestructuras o con los sistemas públicos de enseñanza y sanidad. Otro de los énfasis retóricos del profesor Navarro y su escuela -gente que, por lo demás, suele simplificar sus postulados puerilmente- consiste en hablar siempre de la deuda pública sobre el PIB, jamás de los ingresos públicos sobre el Producto Interior Bruto: lo más parecido a sacar una foto de espaldas a un señor, diagnosticar las asimetrías de su rostro y acto seguido sugerirle una operación estética para aumentarle la nariz.

Y, sobre todo, los decepcionantes análisis y seudoanálisis que se presentan desde las izquierdas dos deméritos harto penosos. El primero, por supuesto, es el reencuentro con una vieja amiga de toda la vida: la obsesión conspiranoica. Es obvio que los mercados – bancos, fondos de inversiones – son los máximos responsables de la crisis estructural que padecemos. Tan obvio como el estímulo que supuso la desregularización legal y normativa de la actividad bancaria para impulsar comportamientos fraudulentos socialmente delictivos. La financiarización de las relaciones económicas como nuevo impulso y armazón del beneficio del capital. Quieren su pasta y la quieren ya. Juegan con la deuda pública para seguir obteniendo beneficios complementarios. Presionan políticamente y la aristocracia política europea, aterradamente cómplice o cómplicemente aterrada, renuncia a la política y quiere hacerse pasar por equipos gestores hasta que escampe. Pero esto no es una conspiración puesta en marcha el 11 de septiembre de 2001 o entre los cascotes de Lehman Brothers. El segundo es la tentación de soslayar la complejidad de la situación. No hay un único patrón estratégico que pueda atender satisfactoriamente a todos los países de la eurozona: una única política monetaria, para los cuatro, cinco o seis espacios económicos de la UE, agrava el problema: dictar para todos la misma receta de austeridad fiscal y recortes de gasto es demencial. Para empezar se ha revelado como imprescindible un sistema fiscal común, como existe una moneda común, lo suficientemente claro y flexible, y dotado de mecanismos como seguros bancarios europeos y eurobonos. Si no lo hacen los políticos europeos y particularmente Alemania– descontada la presión de los deudores – es porque se la juegan en un ajedrez de complejidad relampagueante. Se juegan un mundo que está destinado a desaparecer y a una soberanía política que será democrática y compartida o no será. Pero nadie parece dispuesto a moverse de su posición. Y las izquierdas siguen encerradas en sí mismas disfrutando por penúltima vez de sus entrañables anteojeras ideológicas. Políticas e idearios zombis. La zombificación de la política. Podemos terminar comiéndonos unos a otros.