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Histórico Kiosco Teneguía

   

En el negocio familiar sigue trabajando el mismo camarero desde hace 28 años. / YOFRI GONZÁLEZ (ACFI PRESS)

EUGENIA PAIZ | TAZACORTE

Son pocos los que saben que el ya histórico Kiosco Teneguía, abierto cuarenta años atrás en el remodelado Puerto Viejo de Tazacorte, y hoy en primera línea de playa, debe su nombre a la erupción del volcán Teneguía, en Fuencaliente, del que el próximo 26 de octubre se cumple el cuarenta aniversario. Los más “antiguos” en este negocio recuerdan todavía que fue abierto en 1971, cuando “el volcán seguía despierto”, por un vecino de Fuencaliente apodado el Rubio.

El popular kiosco, testigo mudo de los cambios que se han operado en el puerto bagañete, pasó años más tarde a manos de dos vecinos de Tijarafe, Vicente y Frade, que lo vendieron luego al padre de la actual propietaria, Ana María Castro Méndez.

Ana, que regenta el restaurante junto a su madre desde el fallecimiento de su padre, está en el negocio familiar desde los doce años, y no puede olvidar la gran cantidad de veces, “casi cada invierno”, que “armaban” el kiosco de madera tras los violentos embates del mar en esa zona del litoral, el mismo mar que el invierno pasado les obligó a desalojar cientos de kilos de arena de la avenida y del mostrador y que les trajo la marea. Quien recuerda con mayor claridad “las noches de trabajo para armar el kiosco de madera y poder abrir por la mañana” es el camarero más veterano del Kiosco Teneguía, Falillo, al que los compañeros se refieren solemnemente como “toda una institución”.

El kiosco soportó durante décadas los embates del mar. / ACFI PRESS

La propietaria reconoce que muchos han cambiado el nombre al kiosco a fuerza de la”histórica” presencia de este camarero y “mucha gente ya dice vamos al restaurante de Falillo”.

El negocio familiar ha sabido adaptarse a los cambios impuestos por los nuevos tiempos, se ha modernizado. Bajo su nuevo aspecto, ofrece tipismo tanto en lo gastronómico como en lo estético.

Para los que no lo conocieron en su “versión original”, es difícil asociarlo al pequeño kiosco de madera bajo el que los bañistas, los turistas y los vecinos de Tazacorte, se resguardaban del ardiente sol bagañete.

Por aquellos años, cada invierno se cumplía el ritual de arrastrar las pesadas neveras contra las puertas de madera “para que el mar no entrara”.