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Imágenes anacrónicas > Luis Alemany

   

Publicaba este mismo diario el martes pasado, en su página 45, una noticia titulada “Canarias, entre las regiones con más tasa de rupturas matrimoniales”, paradójicamente ilustrada con una fotografía en la que una joven pareja se abrazaba apasionadamente, sentada en un banco público: una imagen retroactiva, que parecía pretender dar noticia histórica de la evolución de un proceso matrimonial iniciado con unos polvos -con perdón- amorosos que, con posterioridad, produjeron los lodos del divorcio; de tal manera que no puede por menos de resultarle a uno curiosamente significativa esta imagen anacrónicamente pretérita con la que se pretende dar noticia de un consecuente futuro; por más que ignore uno si tal imagen se correspondía con una instantánea tomada subrepticiamente de la realidad, o -lo que parecería más probable- se trata de una ficticia fotografía de estudio realizada a tal efecto, como la que ha ilustrado en este mismo periódico -más de una docena de veces-, desde hace veinte años, las noticias de violencia de género, donde al agresor aparece de espaldas, y la agredida se cubre el rostro, derrumbada sobre el viejo sofá de la antesala de la redacción; de tal manera que siempre he tenido la curiosidad de saber quiénes eran sus protagonistas (tal vez ya jubilados de esta empresa), sin haberme acordado nunca de preguntárselo a Lucio Llamas.

En cualquiera de los casos, el contrapuesto enfrentamiento entre la noticia de referencia y la fotografía, contradictoriamente ilustrativa, parece situarnos -una vez más- ante una inevitable evolución dialéctica de las relaciones humanas, que (en última -¿o tal vez primera?- instancia) nos conduciría a Heráclito y su panta rei: es decir: “todo pasa”, como cantó también -muchos siglos después- Matt Monro; a cuyo través nos vemos obligados a contemplar la cruda realidad contemporánea, desde la irreconocible imagen -ya lejana- de lo que fue y ya no es: algo así (salvando las insalvables distancias) como si las necrológicas aparecieran ilustradas con las fotografías de sus protagonistas tendidos desnudos sobre un almohadón, a los pocos meses de su nacimiento: pudiera recordarse -a este respecto- que Priestley escribió una comedia titulada El tiempo y los Conway, que narraba el deterioro de una familia, cuya angustiosa estructura escénica residía tan sólo en ofrecer, en el segundo acto, los tristes acontecimientos sucedidos años después de los todavía alegres que sucederán en el tercero; de tal manera que (tanto en esta comedia como en aquella noticia) los espectadores de ambos procesos adquieren -al cotejarlos simultáneamente- la triste sabiduría premonitoria a la que está trágicamente condenada la divinidad.