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La No-historia > Luis Aguilera

   

Con la pretensión de escribir un guión cinematográfico, un amigo chileno anda hurgando y atando indicios para que, desde la ficción, se demuestre que Hitler terminó dando con su vida y huesos en la Argentina. La idea es muy atractiva y se ve reforzada por la permanente sospecha de que así fue. No hay certeza de que su cadáver fuera hallado e identificado sin reservas en Berlín y los Eichmann, Mendel, Borman y otros de su calaña demuestran lo factible de esa posibilidad. Se dice que el mismísimo Perón autorizó el arribo de tres submarinos cargados de plana mayor. Yo mismo le he contado a mi amigo que, no muy lejos de la ciudad de Córdoba, hay un pequeño pueblo llamado La Cumbrecita, donde corre el rumor de que allí estaría la verdadera tumba de Hitler.

Esta leyenda se vio reforzada en el pasado por el comportamiento huraño, receloso y cerrado de la colonia aria y pura allí establecida. Aseguran que los extranjeros eran los del lugar. El turismo y nuevas generaciones terminaron por ablandar y normalizar la relación. ¿Y la tumba? Ya Israel hubiera sacado ADN hasta de las piedras, para darse el gusto de enterrarlo por propia mano y por segunda vez.

En lo personal, mi amigo me ha devuelto al sendero de una vieja y estrambótica tesis. Él no quiere contar una historia sino la Historia (con mayúscula), aunque tenga intención de falsearla. No hace nada nuevo ni nada raro. Todo lo que metemos dentro del término Historia es falso. Por los días en que nuestro Fukuyama dio por acreditado su fin, recuerdo haber concluido que, lo que hay, es la No-historia. Es un concepto que entra por el mismo espejo que atravesó Alicia para llegar al País de las Maravillas y similar a la idea que tenemos del infierno, esa hoguera con que la Inquisición nos sigue amenazando: lo damos por real pero en realidad no existe. Es decir, lo que nos han enseñado como Hechos (con mayúscula) es puro y herodotiano cuento.

Mi teoría dice que toda tradición y todo testimonio, oral o escrito, es de imposible totalidad. No hay memoria completa. Ni fiel. Nada ha sido fehacientemente registrado. Una milésima de segundo transcurre ante millones de ojos y las acciones simultáneas son infinitas. En el ojo de un observador únicamente cabe su relámpago que es, en sí mismo, irrepetible. Cuanto pueda recabarse de un acontecimiento, de una circunstancia o de un hombre será la parte más minúscula, acaso la menos objetiva de su realidad. El resto es fábula, adivinación o conjetura. Un mismo momento se devana por igual en la mente de un labriego que en la pulsar del cosmonauta.

La impronta aún caliente y rampante de la fiera y la muerte de un millón de humanos tienen el mismo peso en la levedad del mundo. Ninguna vida gestada dentro de un actor trasciende. No sucede la trasmigración subliminal de los espíritus, sino el tránsito pedestre y terrenal de greda y polvo. La leña del monte y el árbol de huesos de un hombre pueden muy bien confluir y hacer su propia síntesis en el humus que será lecho de orugas o la larvada resurrección del brontosaurio. En definitiva, los hechos próximos o remotos que nos llegan, simplemente han sido recreados como guiones. Pertenecen a la misma película de la No-historia que mi amigo intenta.