X
Por Jaime Rodríguez-Arana* >

La relevancia del centro

   

El 20-N, de nuevo, vuelve a colocar en el primer plano del pensamiento y la acción políticos la cuestión del centro y sus principales caracteres: moderación, equilibrio, integración…

En mi opinión, el espacio del centro no es privativo ni patrimonio de ningún partido. Antes, al contrario, se trata, como su nombre indica, de un espacio político abierto y plural, no definido ideológica ni apriorísticamente de forma acabada, carente de prejuicios, cuya interpretación implica necesariamente la primacía de la capacidad de acción, la capitalidad de la persona, la comunicación permanente y real con el pueblo y la iniciativa para resolver los problemas sociales.

Hoy, lamentablemente, en muchos países, también en el nuestro, contemplamos que la política se reduce ordinariamente a las descalificaciones, a un escaso, por no decir nulo, debate de ideas y, sobre todo, a un gusto exquisito por la manipulación de la opinión pública. Si a este combinado de hábitos agregamos la obsesión por el mantenimiento del poder al precio que sea, entonces tendremos un realista panorama de lo que acontece en el tablero político del momento.

Así las cosas, las necesidades colectivas de la gente, la promoción de sus libertades, se convierten, en el mejor de los casos, en el expediente para desplegar toda una serie de medidas presididas por la busca y captura de la voluntad de los electores con el fin de la instauración e la cúpula.

Pues bien, desde el espacio de centro se atiende a la realidad, especialmente se mira a la vitalidad de la gente normal, de la mayoría, no de un sector, de una fracción de la sociedad, por dinámica y abierta que sea. Se ha de contemplar el conjunto, se ha de analizar el conjunto, se ha de intentar entender el conjunto desde diversas perspectivas, conscientes de que la realidad social tiene muchas dimensiones, muchos aspectos que han de plantearse armónicamente, equilibradamente.

El espacio del centro es, efectivamente, el espacio de la atención a la realidad, no a las ideas previas o a los prejuicios desde donde tantos intentan dominar la sociedad sin darse cuenta de que tantas veces la aplicación unilateral de los modelos teóricos choca con la realidad. Cuando esto acontece y el político se decide a cambiar la realidad para adecuarla a la ideología, entonces se producen males de gran entidad que terminan incluso por laminar las posibilidades de una existencia digna y humana de generaciones y generaciones de personas.

El centro, entonces, es un espacio desde el que se pretende dar una respuesta eficaz a las necesidades reales, a las inquietudes del pueblo, implicando a las personas como protagonistas de esa misma acción política.

No se trata, por tanto, de aplicar una receta universal. No se trata de tener una fórmula milagrosa para todo tipo de dolencias y malestares, no se trata de convencer a nadie de que se tiene el remedio que va derechamente al origen de todos los infortunios que sufre el cuerpo social como así hacen, y han hecho en el pasado, las ideologías cerradas. En el espacio de centro se buscan soluciones concretas para los problemas concretos que cada sector, cada grupo, cada entidad, tiene en cada momento.

En este sentido, presupuesta la centralidad de la persona y su dignidad, el centro no es una posición fija, estática. Implica, sobre todo, una permanente adaptación al dinamismo, a la apertura, y al pluralismo social. Implica la exigencia de alumbrar, con imaginación y creatividad, nuevos planteamientos en la vida política como respuesta a las necesidades nuevas, a los nuevos retos, a los que mujeres y hombres permanentemente se enfrentan.

Desde estos postulados, pienso que queda bastante claro que el centro no se construye sobre una tarea de adoctrinamiento, ni desde una visión cerrada, unilateral y estática del mundo y de la historia, sino desde la aceptación de la complejidad y la limitación del pensamiento para alcanzar un conocimiento lo más pleno y completo de la realidad que sea posible.

Desde el espacio de centro se está en mejores condiciones de conectar de verdad con el sentir social, se pueden dar respuestas reales a las aspiraciones de la sociedad. Por eso, puede afirmarse que en una sociedad equilibrada y políticamente madura quien ocupa el centro suele ganar las elecciones, porque ocupar el centro no quiere decir otra cosa que ser capaz de representar la mayoría, pero no simplemente la mayoría, sino una mayoría constituida en la representatividad de todos los sectores sociales.

* Catedrático de Derecho Administrativo / jra@udc.es