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Después del paréntesis >

Las mujeres y la guerra > Domingo-LuisHernández

   

Lisístrata significa “la que neutraliza a los ejércitos”. Y habríamos de saber si eso es un mito sin más o si la realidad fabricó un nombre con todos sus sentidos. Porque lo que se repite a lo largo de la historia es la capacidad de las mujeres para plantar cara a la guerra. Lisístrata, pues, personifica esa pauta.

Ella se decidió a poner coto al estrago de los hombres. Lo consiguió con un acto de afirmación: controlar el acceso a su cuerpo. La abstinencia sexual desarmó a los atenienses y a los espartanos por acuerdo de las mujeres de ambos bandos. La guerra se suspendió.

La historia se repite a lo largo del tiempo, ya digo. La última hace poco más de un mes en una zona rural de la isla de Mindanao en Filipinas. Hartas de que los hombres de su pueblo y los de los pueblos vecinos se pelearan, hartas de que por la pelea las carreteras se cerraran, la incomunicación suspendiera el comercio y tuvieran problemas serios de supervivencia, las mujeres de ambos lados de la frontera se pusieron de acuerdo: nada de sexo. Obtuvieron resultados, como las atenienses y las espartanas.

Una vez me lo dijo mi amiga Dulce Xerach: si las mujeres gobernáramos, no habría guerra. En esa acusación femenina de la catástrofe hay varios asuntos que a ellas les competen.

El primero se relaciona con la ausencia de los hombres en el hogar. Eso hace que, en los conflictos, las mujeres asuman roles que no les pertenecen. Lo cual podría llevarnos a señalar que la igualdad no queda ahí bien parada, y no es cierto. Lo que las mujeres deploran de la guerra es que los machos hagan exclusivo su mundo, que afirmen la virilidad como el punto álgido de las jerarquías y que encumbren la pelea en el trono de la solvencia. Y ese signo sólo puede ser desarmado por el signo mujer.

Quedan otras cuestiones de la guerra que no son menores frente a la soledad conyugal dicha: el destrozo del futuro y la muerte; muerte de los maridos en el frente que es tan importante como la muerte de los hijos en el frente, cosa que ninguna mujer perdona.

¿Por qué, entonces, no se sustituyen las embusteras reuniones en los foros internacionales de poco aprecio (como la ONU) por consejos alternativos en los que sólo tengan cabida las mujeres para solucionar los problemas? Contestaré a la pregunta con la historia de Ileana Rodríguez.

Fue una guerrillera sandinista. Cuando acabó el acaso y derribo de Somoza, Ileana volvió a lo suyo: la enseñanza de la literatura. Terminó con su suerte en las universidades de EE.UU. Allí publicó un libro excepcional que se llama Nation/House & Garden, que en castellano quiere decir, más o menos: Nación frente a casa y jardín.

Lo que plantea Ileana Rodríguez ahí es darle la vuelta a la historia: la curtida sombra de los hombres con espada enhiesta (fácilmente transferible a la función fálica del macho, a las relaciones sexuales por asalto, como proclama en sus libros García Márquez, o a la alta concentración de semen en esos escritos), eso ha de ceder frente al censo del hogar y de la intimidad, a la razón femenina que impone otras primacías. Ileana confirma al sustancial Modernismo frente al Romanticismo. Y eso nos da para mirar de soslayo a la novela macha del Boom hispanoamericano frente a Manuel Puig, a Severo Sarduy o a Ricardo Piglia.

La cuestión es que tal registro dialoga, se hace cargo del otro, lee con consecuencia las iniciativas ajenas, las asume cuando las ha de asumir, las deglute, en sí las transforma y no repite la inmovilidad, el enfrentamiento y el desatino del macho.

Cuestión de madurez. Y por ella, mujer frente a la guerra reclama escrutinios tanto o más siniestros. El siguiente libro de Ileana Rodríguez se llamó Mujeres, guerrillas y amor. Se encuentra ahí su experiencia como guerrillera y el papel de las mujeres en esa guerra. Guerra de liberación pero que, como tal guerra, es la guerra del amo, el asidero de los machistas.

Ileana Rodríguez ha sido una de las mujeres de América que más ha luchado por desvelar semejantes abusos, los asaltos y demás vilezas de los que antes hablé en relación a la literatura del colombiano García Márquez.

Ella denunció por escrito y públicamente las violaciones cometidas por el líder sandinista Daniel Ortega a su hija.

De donde, la historia de Lisístrata puede repetirse, mas los logros de las Lisístratas del mundo son parciales. Los dueños de la guerra, por temor a lo que las mujeres son y a lo que las mujeres representan, persisten en actualizar la fuerza y la represión.

Que Daniel Ortega sea hoy presidente de Nicaragua por el Frente Sandinista de Liberación Nacional es tan paradójico como que al lado de un chico que viste pantalones vaqueros y camisa Calvin Klane camine una chica con el hiyab islámico, con el velo y la túnica musulmanes.

Es decir, la guerra no cesará hasta que los machos sean colocados en el extremo de sus atrocidades. Eso señaló el gran escritor Cormac MacCarthy en su apabullante lección sobre tal calamidad de los hombres que se llama Meridiano de sangre.